
Un estudio del Smithsonian publicado en The Planetary Science Journal cataloga más de 10.000 fallas jóvenes en la superficie lunar
Las fallas pueden seguir creciendo hoy, también en el polo sur, donde la NASA quiere volver a aterrizar en 2028
La Luna parece la misma de siempre, pero lleva cientos de millones de años encogiendo como una uva que se arruga hasta quedarse en pasa. Según recoge AS en su sección de Ciencia, un estudio financiado por la NASA calcula que el radio del satélite ha menguado unos 45 metros en los últimos 400 a 800 millones de años, a medida que su interior se enfría. Y deja una pista inquietante: el proceso no ha terminado.
El mapa de las arrugas. El trabajo se publicó el 14 de octubre de 2026 en The Planetary Science Journal y lo firman Thomas R. Watters, científico emérito del Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian, junto a Maria Banks, Cole Nypaver y Mark Robinson. El equipo ha revisado las imágenes de la cámara del Orbitador de Reconocimiento Lunar (LRO), la sonda de la NASA lanzada en junio de 2009 que lleva 17 años fotografiando el satélite. El balance: más de 10.000 fallas jóvenes, tanto en las tierras altas como en los mares, las grandes llanuras oscuras.
"El número de estas fallas jóvenes que revelan las imágenes del LROC es mucho mayor de lo que jamás imaginé", explicaba Watters en la nota del Smithsonian. Y añadía: "A medida que el interior de la Luna sigue enfriándose y contrayéndose, se espera que el crecimiento de las fallas existentes y la formación de otras nuevas continúe hoy".
Seis centímetros por millón de años. Al perder calor, el interior se contrae, y la corteza, rígida y quebradiza, no se arruga como la piel de una uva: se rompe. Un bloque de roca monta sobre el vecino y deja un escalón con forma de acantilado, lo que los geólogos llaman escarpe lobulado. Si el ritmo ha sido constante, el radio pierde entre seis y 11 centímetros por cada millón de años. Dicho de otra forma, casi nada: las placas de la Tierra se desplazan de media 1,5 centímetros al año.
La diferencia clave es que la Luna tiene una sola placa. Aquí, más de 15 placas litosféricas concentran en sus bordes cerca del 90% de la actividad tectónica y sísmica; allí, la corteza funciona como una cáscara entera, así que las fallas pueden aparecer en cualquier punto. Plus: el estudio ve que las zonas de corteza más gruesa tienen menos fallas, lo que apunta a que serían las más estables.
Una cifra que se ha ido afinando. Que la Luna encoge se sabe desde hace años, y lo nuevo es la precisión. En agosto de 2010, el propio Watters presentó en Science 14 escarpes nuevos y estimó que el diámetro lunar había menguado unos 200 metros, como contaba entonces Sky & Telescope. Es decir, unos 100 metros de radio, más del doble de lo que se calcula ahora. "Ahora hemos descubierto que estos escarpes lobulados aparecen en toda la Luna, lo que significa que ha estado contrayéndose o encogiendo a escala global", decía Watters.
Con más de 8.900 escarpes y más de 2.000 pequeñas crestas cartografiadas en los mares, el nuevo cálculo deja la contracción del radio entre 42 y 46 metros. Algunas arrugas son imponentes: en el cráter Mouchez L, cerca del polo norte, un escarpe supera los 100 metros de altura, medido con la cámara ShadowCam de la sonda surcoreana KPLO.
La Luna tiembla (y el Apolo lo grabó). Entre 1969 y 1977, cuatro sismómetros del programa Apolo registraron 28 terremotos superficiales, de magnitud entre dos y cerca de cinco. En 2019, el equipo de Watters recalculó dónde ocurrieron: ocho estaban a menos de 30 kilómetros de una falla visible, y seis de ellos llegaron con la Luna en su apogeo o cerca, el punto de la órbita más alejado de la Tierra, cuando su marea suma tensión. "Algunos de estos terremotos pueden ser bastante fuertes, de alrededor de cinco en la escala de Richter", advertía Watters en la nota de la NASA de 2019.
Uno de aquellos epicentros quedaba a 13 kilómetros del escarpe Lee-Lincoln, que Eugene Cernan y Harrison Schmitt subieron en zigzag con su vehículo en 1972. El nuevo estudio encaja: la compresión que genera una contracción así, unos cuatro megapascales, es coherente con la que liberan esos sismos. Y no son poca cosa, porque, como contaba Xataka en marzo de 2018, en una roca fría y seca nada amortigua las vibraciones, y un lunamoto puede durar horas.
Lo que falta por saber. ¿Por qué tantas fallas jóvenes y ninguna antigua? Los modelos térmicos predicen una contracción mucho mayor, pero en las tierras altas no aparecen escarpes viejos y erosionados. Los autores plantean dos explicaciones, sin decantarse: una corteza gruesa, porosa y fracturada que habría hecho de manta y frenado el enfriamiento, o una capa exterior tan rígida que aguantó hasta cruzar un umbral de tensión. Faltan datos sísmicos: la NASA prepara la Farside Seismic Suite, dos sismómetros que medirán por primera vez los temblores de la cara oculta, aún sin fecha de lanzamiento cerrada.
La NASA apunta a 2028 para el alunizaje, con dos astronautas bajando al polo sur. En enero de 2024, Watters y el geólogo Nicholas Schmerr vincularon fallas de esa región con uno de los terremotos más fuertes que grabó el Apolo, de magnitud cinco, y detectaron laderas propensas a deslizarse. "Puedes imaginar la superficie de la Luna como grava seca y triturada, y polvo", decía Schmerr en la nota de la Universidad de Maryland. Watters ya avisaba entonces de que las fallas jóvenes y su posible actividad "deberían tenerse en cuenta al planificar la ubicación y la estabilidad de puestos permanentes en la Luna".
Foto | NASA
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