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La ventaja (que no justificación) evolutiva de la violación

La ventaja (que no justificación) evolutiva de la violación
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La escritora feminista Andrea Dworkin ha señalado las distintas estrategias que un hombre usa para obtener sexo de una mujer (es decir, de intercambiar segmentos de ADN): Puede robarlo (violación), convencerla de que se lo regale (seducción), alquilarlo (prostitución), contratarlo a largo plazo (el matrimonio en la mayoría de las sociedades).

La mayoría de estas estrategias las despliegan los hombres sencillamente porque el sexo femenino tiene una mayor y más lenta participación en las consecuencias del sexo: el hombre puede eyacular a menudo y dejar embarazadas a muchas mujeres, pero las mujeres, de quedarse embarazadas, deben invertir nueve meses de su biología. Esto sucede en muchas especies, por eso entre gorilas, orangutanes o chimpancés, por ejemplo, encontramos casos de intimidación y cópula forzada.

Alrededor del 5 % de las violaciones se traducen en embarazos, de modo que la violación puede constituir una ventaja evolutiva para el violador. De ello no se desprende que el sexo masculino haya nacido para violar o que los violadores no pueden evitar su pulsión o que la violación sea natural, en el sentido de inevitable o disculpable.

Lo que explica es su condición de universal, y que se perpetúa porque resulta rentable evolutivamente para el sexo masculino, tal y como señala Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Entre los seres humanos, puede que, para tener relaciones sexuales, el hombre utilice la coacción cuando se dan cierto factores de riesgo; si es violento, cruel e insensato por temperamento; si es un fracasado incapaz de atraer a parejas sexuales por otros medios; si es un marginado y no teme demasiado el oprobio de la sociedad; o cuando percibe que la posibilidad de castigo es baja, como en las conquistas y los pogromos.

Estas predisposiciones evolutivas no se traducen directamente en prácticas sociales, pero pueden empujar, y de hecho lo hacen, a que la gente presione a favor de leyes y costumbres que protejan los intereses evolutivos. Ante tal panorama, por ejemplo, las culturas han fomentado la idea de que la mujer es una propiedad sexual del hombre, de este modo el hombre que está dispuesto a procrear con una mujer puede controlar que su embarazo no proceda de otro hombre, ya sea en forma de infidelidad, violación, etc. Es significativo, pues, que en las sociedades no se obsesionen por la virginidad del hombre tanto como el de la mujer, porque de nuevo la inversión biológica es distinta: los hombres pueden embarazar y desvincularse del embarazo, si no les interesa, para que sea la mujer y su respectiva pareja la que se encargue de la crianza del hijo. Los celos de la mujer hacia el hombre, sin embargo, se desarrollan evolutivamente para evitar que embarace a otras mujeres que eventualmente precisen de los recursos del hombre para la crianza.

Según la psicología evolutiva, la pureza sexual de la mujer, pues, es una garantía para el hombre que está dispuesto a invertir parentalmente en la crianza de los hijos. Por eso preocupa tanto a al cónyuge como al padre o a la familia. El machismo subyacente en muchos casos de violación (te han violado porque eres una fresca, por ejemplo) también nace de estos intereses evolutivos:

Puede que los hombres también protejan su inversión haciendo que la mujer sea totalmente responsable de cualquier robo o perjuicio de su valor sexual. Culpar a la víctima excluye cualquier posibilidad de que ella convenza a alguien de que el sexo consensuado ha sido una violación, lo que la incentiva a alejarse de situaciones arriesgadas y a oponer resistencia a un violador al margen de los costes para su libertad y su seguridad.

No importa que las leyes hayan evolucionado y que la mujer ya no se considere propiedad del hombre actualmente en las sociedades modernas. Tales impulsos evolutivos se desahogan de otros modos, como a través de las emociones o las costumbres. Por ejemplo, los anillos de compromiso se pueden indicar para indicar que tales mujeres “están cogidas”. El cambio de apellido de la mujer, adoptando el del hombre, también responde a los mismos intereses. Obviamente, preferimos una sociedad donde se usen estos marcadores sutiles antes que una donde las mujeres sean legalmente propiedad de un hombre, o que en la década de 1970 fuera aún legal la violación conyugal en todos los estados de EEUU.

La víctima

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Hasta ahora hemos hablado de los intereses del violador y del presunto esposo de la mujer, pero no hemos de olvidar a la víctima, la mujer. ¿Qué papel juega evolutivamente en contexto de una violación?

Las mujeres, como los hombres, quieren escoger con quien intercambiar su ADN. De hecho, deben hacerlo con más cuidado que los hombres, porque si se equivocan les resultará más difícil emocionalmente desvincularse del error. Por ello la violación, para la víctima, resulta tan profundamente aborrecible.

Afortunadamente, las sociedades modernas han empezado a asumir empática y legalmente este sufrimiento de la víctima, hasta el punto de que se sobrepone al interés de los demás implicados en la violación: lo único que cuenta es que la mujer sea dueña de su cuerpo. Un modo de interpretar las cosas que, con sus evoluciones progresivas a lo largo de la historia, no cristalizó totalmente hasta la década de 1970, sobre todo a raíz de la segunda oleada de feminismo y al superventas de 1975 Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación, de Susan Browmiller.

Gracias a estos cambios graduales, el índice medio anual de violaciones en los últimos cuarenta años se ha reducido un 80%, según datos del National Crime Victimization Survey realizado por la Oficina de Estadística Judicial de Estados Unidos. De 250 violaciones por cada 100.000 personas mayores de 12 años en 1973 hasta 50 en 2008.

De hecho, puede que el descenso sea aún mayor, pues casi con toda seguridad las mujeres han estado más dispuestas a denunciar la violación en los últimos años, cuando ésta ha sido reconocida como un delito grave, que en épocas anteriores, cuando se solía ocultar y trivializar.

Paralelamente, también han ido descendiendo los homicidios y otras clases de violencia, así que es difícil establecer si fueron las políticas feministas las que redujeron principalmente los índices de violación, o las políticas feministas nacieron propulsadas por las condiciones de reducción de crímenes (ya sabéis, correlación no es caus; según las siglas en inglés de CINAC (Correlation is not a cause).

Aunque la agitación feminista merece todo nuestro reconocimiento por impulsar las medidas que dieron lugar a la disminución de las violaciones en América, el país estaba sin duda preparado para recibirlas. Nadie defendía que las mujeres tuvieran que ser humilladas en las comisarías de policía y las salas de juicios, que los hombres tuvieran derecho a violar a sus esposas, o que los violadores pudieran aprovecharse de las mujeres en huecos de escaleras o aparcamientos. Las victorias llegaron enseguida, no hicieron falta mártires ni boicots, y no aparecieron escenas de multitudes furiosas ni policías con perros. Las feministas ganaron la batalla contra las violaciones porque, en parte, había más mujeres en puestos de influencia (…) Pero también vencieron porque ambos sexos eran cada vez más feministas.
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