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Así de fácil es implantar un recuerdo irreal

Así de fácil es implantar un recuerdo irreal
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"La vida es sueño", decía Calderón de la Barca, pero no toda la vida. Al menos no a nivel neuronal. Nuestro cerebro tiene una forma, bastante tosca, de diferenciar lo que es realidad o ficción: básicamente, si hay muchas partes del cerebro que se activan cuando se evoca un recuerdo, es que ese recuerdo es real.

Por el contrario, si imaginamos algo o evocamos algo falso, entonces las áreas encargadas de procesar imágenes, para empezar, no reflejarán una actividad tan intensa. El problema de este sistema tosco es que se puede violar con relativa facilidad: los rastros de la memoria basada en algo falso se pueden ampliar hasta que de forma artificial alcancen el mismo tamaño que una historia real.

Recuerdos inducidos

Para probar cuán sencillo es implantar recuerdos falsos, casi como si hubiéramos acudidos a la empresa de Total Recall huyendo de nuestra cotidiana vida de obrero de la costrucción para imaginarnos una vida alternativa como agente secreto en Marte, se llevó a cabo un estudio en participantes a los que se les mostró una serie de diferentes fotos de situaciones cotidianas.

Al día siguiente, los participantes recibieron unas frases breves que recordaban las fotos del día anterior, pero lo que no sabían es que algunos de estos nuevos enunciados eran engañosos y describían mal la foto.

La actividad cerebral en el caso de los recuerdos correctos y los falsos era tan parecida que algunos de los participantes se formaron ideas equivocadas de las imágenes originales. La diferencia entre los recuerdos falsos y verdaderos estribaba solo en la activación cerebral: se activaba más el área visual si el recuerdo era verdad (porque había visto de hecho las fotos) o el área de procesamiento auditivo si eran falsos (porque la nueva información oída se había mezclado con el recuerdo). Tal y como abunda en ello Henning Beck en su libro Errar es útil:

Este experimento también demuestra con claridad que los recuerdos no son estáticos, sino que se pueden modificar a posteriori, en concreto, cada vez que un recuerdo vuelve a repescarse. Y es justo en este estado cuando el recuerdo es más sensible a las influencias externas.

En el mundo real, este problema puede tener implicaciones serias, como el escándalo de los falsos recuerdos inducidos por terapeutas a propósito de violaciones en la infancia. Sus técnicas, consistentes en preguntas que insinuaban la respuesta adecuada, refuerzo de respuestas concretas y mucha repetición, provocaban inadvertidamente que cientos de adultos creyeran que habían recibido abusos sexuales en la década de 1980 por parte de los maestros de educación preescolar. Tal y como señala David Linden en El cerebro accidental:

El problema de la sugestibilidad es aún mayor en los niños, sobre todo, en los niños de edad preescolar. En un estudio típico, un hombre calvo visitó a un grupo de preescolares en el aula, les leyó un cuento, jugó con ellos durante un breve espacio de tiempo y luego se fue. Al día siguiente, se hizo a estos niños una serie de preguntas no lineales del tipo “¿Qué sucedió cuando vino aquel hombre a visitaros?”, y los niños respondieron contando una serie de recuerdos que, si bien no eran completos, resultaban bastante precisos. Pero cuando se les hacían preguntas que de algún modo sugerían la respuesta que se quería obtener, como “¿De qué color tenía el pelo?”, entonces un gran número de niños escogían un color. Aun aquellos niños que al principio respondían que aquel hombre no tenía pelo en la cabeza, empezaron, sobre todo desde que la pregunta fue repetida varias veces en diferentes sesiones, a fabular y a ampliar más aún el falso recuerdo.

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Así pues, los recuerdos no son tanto una forma de tener presente el pasado como una forma de construirnos y dar coherencia a nuestros actos y pensamientos, incluso si ello implica hacerlo de forma un tanto torpe y sensible a las influencias externas.

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