Nos sobra más tiempo que nunca o por qué el arte no se acaba aunque el autor no cobre ni un céntimo por él (y III)

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Star Wars

Seguimos con lo apuntado en la anterior entrega de ese artículo. Internet es un medio muy joven. Si bien ya tiene 40 años, y la red solo 20 años, y sus capacidades están empezando a desarrollarse ahora, sobre todo a raíz de construcciones como los blogs, las wikis o la proliferación de smartphones.

Hasta el punto de que la gente, en su tiempo libre, además de compartir vídeos de gatitos, también participa activamente en servicios como Ushahidi para ayudar a los ciudadanos a llevar a cabo un seguimiento de los estallidos de violencia étnica en Kenia. Hasta ahora confiábamos en los gobiernos o en los medios de comunicación tradicionales para ser informados sobre hechos como los acaecidos en Kenia, pero a principios de 2008 los profesionales no lo estaban cubriendo, ya fuera por partidismo o por censura.

Muchos medios de comunicación profesionales (sobre todo offline) progresivamente adquieren gran parte de sus contenidos de la creación, investigación y discusión de miles de personas que aportan su trabajo gratuitamente, en su tiempo libre, a través de la Red. A veces para hablar de gatitos, sí, pero otras veces, como Ushahidi, para cosas más importantes: la Kennedy School of Government, de la Universidad de Harvard, llevó a cabo un análisis que comparaba los datos del sitio web con los de los principales medios de comunicación, concluyendo que Ushahidi había sido mejor a la hora de informar respecto de actos de violencia enguanto se iniciaban.

Como señala Clay Shirky en Excedente cognitivo:

Desde su debut a principios de 2008, Ushahidi se ha utilizado para realizar el seguimiento de actos de violencia similares en la República Democrática del Congo, para controlar colegios electorales y evitar el fraude de los votantes en la India y México, para hacer constar el suministro de medicamentos básicos en varios países del este de África, y para localizar heridos tras los terremotos en Haití y Chile. Un puñado de gente, trabajando con herramientas baratas y con poco tiempo y escaso dinero para gastar, consiguió hacerse con la suficiente buena voluntad por parte de la comunidad para crear un recurso que nadie se habría imaginado siguiera cincuenta años antes.

Insisto, hay más vídeos de gatitos que creaciones como Wikipedia. Pero ello sólo se debe a que el paradigma cultural reinante es el “ola ke ase” y el “Harlem Shake”. Pero ello puede interpretarse bidireccionalmente: si hay muchos creadores de tonterías porque son tontos, también habrá muchos contenidos tontos para que sean consumidos por dichos tontos. Es decir: que la mayoría de libros que se editan, la mayoría de las películas, la mayoría de la televisión no es sacrosanta cultura sino contenidos dirigidos al pueblo que consideramos tonto, el mismo que genera contenidos tontos. O más sintético: se crean tantas tonterías como se consumen, independientemente de quienes las realicen.

No es una ley precisa, naturalmente, pero a nivel conceptual tiene sentido.

Otra cosa es que consideremos la calidad de los contenidos desde puntos de vista que difícilmente pueden alcanzar los creadores de contenidos online y amateur. Sería complicado que un colectivo creara un filme con los efectos especiales de Avatar o Star Wars, aunque ya nos estamos aproximando a ello. Pero el error estriba en pensar que las personas prefieren contenidos de ese tipo. Puedo imaginarme un mundo sin esos efectos especiales. Y tal vez las personas, más que dichos efectos especiales, prefieran sentirse conectados, comprometidos o simplemente menos solos. Hasta ahora, sin embargo, no había alternativa.

De hecho, la actual industria cultural podría considerarse un rara avis: controlada por unas pocas personas, generadora de más beneficios que cualquier otra actividad (si no me falla la memoria, la otra actividad que genera más beneficios que el entretenimiento es el narcotráfico), obligada a pasar por determinados canales de distribución, limitada a los consumidores con determinado poder adquisitivo, inductora de leyes que consideren ladrones a quienes hacen copias de esos contenidos o que trata de prolongar los límites temporales de la propiedad intelectual y, finalmente, repartidora del pastel de tal modo que la mayoría de los creadores no tengan ni para pipas.

Una parte significativa de la cultura era participativa (reuniones locales, acontecimientos y actuaciones), porque ¿de dónde más podía proceder de la cultura? El simple acto de crear algo con otros en mente y luego compartirlo con ellos representa, como mínimo, un eco de ese viejo modelo de cultura, hoy día con un tinte tecnológico. Una vez aceptas la idea de que nos gusta hacer y compartir cosas, sin importar lo tontos que sean sus contenidos o lo pobres que sean en su ejecución, y que hacernos reír los unos a los otros es una actividad distinta a que te haga reír alguien que ha cobrado por ello, los dibujos de Cartoon Network se convierten en un sustituto de los lolcats de menor categoría.

Lo más irónico de todo esto es que, en cuanto empecemos a acostumbrarnos todos que en el ámbito de los bits todo tiende a lo gratis, que la gente consume, crea y comparte a partes iguales, que el arte y los contenidos serán más abundantes y diversos que nunca, justo entonces, a juicio de Chris Anderson en su nuevo libro Makers: The New Industrial Revolution, entonces pasará algo parecido en el mundo de los átomos. Con el advenimiento de las impresoras en 3D, la gente consumirá, creará y compartirá instrucciones generadas colectivamente para fabricar objetos, medicamentos e incluso comida. Y seguramente, entonces, deberemos hacer frente a otra gran pataleta por parte de los luditas que se niegan a cambiar de modelo de negocio (e incluso de manera de pensar).

Por último, recordemos: la población conectada aún sigue viendo más de un billón de horas de televisión al año; el 1 % de eso es más de 100 veces el valor de participación anual en Wikipedia. O sea, que hay cultura para rato.

Podéis leer más acerca de estos temas en Las ventajas de la autoedición, aunque no ganes demasiado dinero con ella (o escribas basura).

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