El arte puede verse revolucionado por los avances tecnológicos hasta puntos insospechados, desde el análisis de obras literarias (mediante software) hasta el escrutinio de obras pictóricas o escultóricas, como ya os explicaba en el artículo Se usa tecnología médica para estudiar obras de arte.
La historia del arte también puede contarse desde la perspectiva de la ciencia, concretamente de la química y, por tanto, de cómo el descubrimiento de nuevos colores influyó en el arte. Y eso es la ambiciosa empresa que ha abordado Philip Ball (célebre escritor de temas científicos que colabora regularmente en Nature) en La invención del color. Y, por tanto, nos ha inspirado para escribir artículos como El mortal color verde.
Resulta innegable, a tenor de las continuas zambullidas que realiza Ball en la historia del arte, que la invención y la disponibilidad de nuevos pigmentos químicos fueron en realidad los verdaderos influyentes y coadyuvantes de la evolución de arte, por encima de políticas o modas. Tendemos a pensar que el arte se ha pergeñado como se ha pergeñado en base a las habilidades creativas de los artistas, pero no que el artista, en el fondo, ve limitado por las herramientas de las que dispone. Se habla más de aspectos estilísticos o formales y se descuida el aspecto quizá más importante: el oficio.

La idea está ya cristalizada en la cultura popular: petróleo negro y asqueroso matando la naturaleza y contaminando el mundo; energías renovables limpias y armónicas con las plantas y animales. Pero ¿es todo tan maniqueo como parece?
Unos doctores canadienses descubrieron un paciente en la provincia de Columbia Británica cuya sangre era de color verde oscuro, probablemente a causa del exceso de ingestión de un medicamento conocido como sumatriptan.