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Tendemos a pensar que, con el transcurso de los siglos, el avance de la tecnologÃa y el desarrollo de los derechos civiles, el ser humano cada vez emplea menos de su tiempo en trabajar y más en el ocio y el crecimiento personal. Unos cuantos años más, y quién sabe, tal vez un ejército de robots por fin nos harán prescindir de la pesadillesca jornada laboral y, sobre todo, de los pulsos cortos y repetitivos del despertador de las seis de la mañana.
¿Pero esos pulsos cortos y repetitivos no suenan como el tam tam de las antiguas galeras? ¿Tal vez lo que ocurre es que, a pesar de todo, ahora somos más esclavos del trabajo que antes?
Vamos a verlo.
Históricamente, la agricultura occidental ha ganado en eficiencia y producción incorporando un equipo cada vez más sofisticado, lo que permitÃa sustituir la tracción humana por el trabajo mecánico: trilladoras, enfardadoras, cosechadoras, tractores, etc. Eso también permitÃa limpiar otros campos y aumentar asà el área de cultivo.
En Japón o China, por el contrario, los agricultores no tenÃan dinero para invertir en equipo. Tampoco abundaban las tierras que pudieran convertirse fácilmente en nuevos campos. Asà que los cultivadores de arroz mejoraban su producción a base de inteligencia, gestionaban mejor su propio tiempo y hacÃan elecciones acertadas.
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