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Antes dependíamos mucho de la caca de pájaro. Sí, soy perfectamente consciente de que una afirmación así ahora nos produzca una mueca, sobre todo cuando recordamos la última vez que dejamos el coche en la calle y amaneció cubierto de excrementos. Pero es verdad. El mundo pareció colapsarse cuando ya no quedaban cacas que recolectar en las islas donde apenas llueve. Y entonces un par de personas consiguieron que ya no dependiéramos de ellas. Y el mundo siguió adelante, como siempre lo ha hecho.
Pero vayamos por partes.
Las islas de las costas de Sudáfrica y Sudamérica, donde no hay lluvia que filtre los excrementos de los cormoranes, pingüinos y pájaros bobos, inmensos depósitos de nitrógeno y fósforo se han acumulado durante siglos. Los pájaros bobos, por cierto, son los nombres que se les dan a los alcatraces, que son parientes de los pelícanos aunque del tamaño de gallinas. Como se les puede capturar con pasmosa facilidad, se les acostumbra a llamar gaviotas bobas o pájaros bobos.
Pues bien, este guano lo utilizaban los agricultores como una suerte de fertilizante mágico, y unas 4.000 islas fueron invadidas por codiciosos norteamericanos respaldados por buques de guerra para recoger guano. Un duro trabajo que fue encomendado a miles de chinos que trabajaban día y noche, en condiciones infrahumanas, sin sueldo ni posibilidad de huir, rascando incansablemente los excrementos de las rocas.
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