En uno de mis viajes a Suiza, decidí visitar la capital que no parece una capital: Berna. Un lugar donde no me importaría vivir.
Una vez cruzado el umbral que separa la parte de la ciudad más nueva con la parte antigua, el tráfico de coches desciende hasta casi desaparecer, el silencio se adueña de las calles, y uno se ve invitado a explorar la ciudad a lomos de una bicicleta: no en vano, aquí es posible alquilar bicicletas por un día al increíble precio de 0 euros. Habéis leído bien: completamente gratis. Solo es necesario tu DNI y ya tienes bicicleta en Berna. La lluvia, sin embargo, invitaba a hacer el recorrido a pie, para así disfrutar del mejor paraguas de la ciudad: las llamadas Lauben.
Las Lauben son un circuito de 11 kilómetros de arcadas, uno de los paseos de compras más largos y protegidos contra la intemperie de Europa.
La cuestión es que podías pasarte el día yendo de tiendas sin mojarte ni una gota, lo cual era de agradecer en una región donde los días de sol son el equivalente a un milagro. La oferta hostelera también era muy variopinta: desde el omnipresente McDonalds hasta restaurantes históricos, todo en madera, pasando por los locales más modernos. Y, por supuesto, un inmenso hipermercado de la cadena Coop de varias plantas de altura. Hipermercado en el que aproveché para comprar provisiones (¿os he dicho que viajando así te das cuenta de que el abrefácil y el blister plastificado de muchos productos requieren de los dientes para ser abiertos?) y, por extensión, estudiar antropológicamente a los suizos a través de la oferta de productos consumibles cotidianos. Algo así como si un entomólogo repasara la fauna local, y toda ella tuviera un código de barras impreso.

El mundo es pródigo en seres mutantes, en superhéroes fidedignos que bien podrían protagonizar aquella serie de televisión llamada 