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Richard Dawkins

Una visión científica sobre el aborto (y IV)

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Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.

Entre la vida y la muerte hay muchos grados y tipos de existencia, algo que se agudizará a medida que avance la tecnología médica.

De nuevo Steven Pinker:

Esto no significa que no existe ninguna política defendible y que haya que dejarlo todo en manos del gusto personal, el poder político o el dogma religioso. Como señala el bioético Ronald Green, significa sencillamente que tenemos que reconceptualizar el problema: de encontrar una línea divisoria en la naturaleza a decidir una línea divisoria que mejor equilibre lo bueno y lo malo de cada dilema político. En cada caso debemos tomar decisiones que se puedan llevar a la práctica, que consigan el máximo grado posible de felicidad y que reduzcan al mínimo el sufrimiento actual y futuro. Muchas de nuestras políticas actuales ya son compromisos de este tipo: se permite la investigación con animales, aunque se regula; a un feto muy desarrollado no se le reconoce un estatus legal completo como persona, pero no se puede abortar a menos que sea necesario para proteger la vida o la salud de la madre. Green observa que el cambio de buscar a decidir esas líneas divisorias constituye una revolución conceptual de dimensiones copernicanas.

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La crítica de moda hacia la ciencia: el reduccionismo

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Cuando tratas de explicar a un lego en neurobiología por qué se enamora desde el punto de vista de aflujos químicos y demás, enseguida puede salirte con esa serie de tópicos que casi todos llevamos por bagaje: eso es muy frío, hay algo más, estás biologizando al ser humano…

Pero de un tiempo a esta parte, la crítica por antonomasia es que estás siendo reduccionista, como si con ese adjetivo te estuvieran llamando corto de miras, tramposo o ilógico.

Nada más lejos de la verdad.

Lo cierto es que la palabra “reduccionismo” ni siquiera tiene un significado claro. Por ejemplo, podemos decir que una disciplina científica se reduce a otra. La química se reduce a la física, la biología se reduce a la química, las ciencias sociales se reducen a la biología, etcétera. Y también es posible, poco a poco, unificar la química, la biología, la física e incluso las ciencias sociales.

Porque la sociedad está formada por seres humanos. Los seres humanos son mamíferos que se rigen por principios biológicos que se extienden a todos los mamíferos. Los mamíferos, a su vez, están formados por moléculas que obedecen a las leyes de la química y ésta, a su vez, a las reglas de la física subyacente.

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Los británicos dudan de Darwin

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Charles Robert Darwin, Miembro de la Royal Society (12 de febrero de 1809 – 19 de abril de 1882) fue un naturalista inglés que revolucionó la biología al regresar de su periplo en HMS Beagle y escribir en 1859 El origen de las especies . Ahora nos encontramos en el bicentenario de Darwin. Darwin, junto a Newton, posiblemente sea el científico que más ha influido en el avance conceptual de la ciencia.

Pero los británicos, sus compatriotas, no se lo tragan. ¡Habrase visto!

Una encuesta sobre Darwin, en el que participaron 2.600 adultos, fue publicado ayer por el diario The Daily Telegraph. Y, aunque sea inverosímil, parece que la idiocia no sólo se propaga por Estados Unidos, donde parecen existir los focos más intensos de creacionistas y defensores del diseño inteligente. Nada menos que el 51% de los ciudadanos del Reino Unido que han participado en la encuesta opinan que la teoría de la evolución por sí sola no es suficiente para explicar las complejas estructuras de algunos seres vivos, por lo que la intervención de un diseñador, un dios, ha sido necesaria para que la Tierra sea lo que es.

Y eso que Darwin debería de ser el héroe nacional de Inglaterra.

Sólo el 40% de los entrevistados defienden la teoría de la evolución. Así que no es de extrañar que el biólogo evolucionista Richard Dawkins se apresurara ayer a comentar que este sondeo muestra un nivel preocupante de ignorancia científica entre los británicos.

Tal vez que leen demasiado a los clásicos y muy poco a los contemporáneos.

Vía | El periódico

La falacia del racismo: las razas no existen (II)

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Pero además de la piel, me argumentaréis, existen otros patrones para determinar la raza de un individuo. Por ejemplo, está ese pelo rizado de los negros, o sus labios gruesos. Y los chinos y sus inconfundibles ojos rasgados. Si cogiéramos a un grupo de observadores y les pusiéramos delante a individuos de distintas razas, de alguna forma casi intuitiva estamos seguros de que la mayoría serán correctamente clasificados racialmente. Esto, aunque sólo se cumple en los casos de escaso mestizaje, es cierto.

Sin embargo, para un genetista, por mucho que nos confundan las percepciones y los prejuicios, los seres humanos presentan una uniformidad palpable. Richard Dawkins, en su último libro, El cuento del antepasado, lo expresa así:

Si consideramos toda la variación genética de la población humana y medimos la fracción asociada a las divisiones regionales que denominamos razas, el resultado es un porcentaje muy pequeño del total: entre un 6 y un 15 % dependiendo del tipo de medición empleado; mucho menor, en cualquier caso, que en muchas otras especies en las que se reconoce la existencia de razas. (…) Si con excepción de una sola raza todos los seres humanos se extinguiesen, la mayor parte de la variación genética de la especie humana quedaría a salvo.

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¿La mosca con ojos humanos?

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Uno de los baluartes argumentativos de los creacionistas o los que apoyan la idea del diseño inteligente acostumbra a ser la complejidad y sutileza de un ojo, un órgano que según ellos no pudo haber evolucionado azarosamente tal y como postula la teoría darwiniana. Contra esta idea errónea que se ha tratado de difundir como un punto débil en la teoría de la evolución, ya existen quintales de explicaciones; en Escalando el monte improbable, de Richard Dawkins, pueden leerse un buen puñado de ellas. Pero sirva este humilde post para añadir una más a la montaña.

La cuestión es que existen muchos tipos distintos de ojos. Se calcula, pues, que el ojo ha evolucionado de forma independiente más de 40 veces en diferentes contextos del reino animal. Aunque descienden probablemente de una especie de ojo germinal (quizá sólo fuera un órgano que tenía cierta sensibilidad a la luz), según su óptica el ojo ha evolucionado en dos ramas separadas: el ojo de los vertebrados y el ojo compuesto de los crustáceos.

En la mosca del vinagre, Drosophila, muy empleada en experimentos genéticos, se halla un gen que literalmente fabrica sus ojos. Los genetistas lo llaman, curiosamente, eyeless (sin ojos), porque se suelen bautizar en relación a lo que sucede cuando el gen no funciona correctamente o muta. El gen equivalente en los mamíferos se llama Pax6, aunque en los ratones también se conoce como ojo pequeño, y en los seres humanos, aniridia (que significa “sin iris”, claro).

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