Hasta aquí la parte positiva. Pero también hay un lado oscuro. Igual que sucede con el placebo (por ejemplo, al emplearlo en exceso en una enfermedad que necesita una medicina real), la fe puede ponerse en nuestra contra cuando hablamos de nuestra psiconeuroinmunología.
Kenneth Pargament, psicólogo y profesor de la Universidad Bowling Green, de Ohio, sugiere que, ante determinados problemas, uno puede llegar a pensar que ha sido abandonado por ese dios en el que cree, o que quizá su antagonista, el diablo, está haciendo de las suyas, quizá castigándole por algún desliz moral. Y entonces, la fe se convierte en una amplificación del tormento.
Pargament estudió a 596 personas que estaban hospitalizadas tras haber sufrido varias enfermedades. Todos ellos superaban los 55 años y declaraban que se sentían despreciados, abandonados o castigados por Dios. Los pacientes sumidos en este dilema religioso tenían entre un 6 y un 10 % más riesgo de morir en comparación con los que no estaban en esa situación.

Aunque la creencia en Dios carece de cimientos epistemológicos serios, y que creer en Dios
Es ya una idea popular que pasar por épocas de demasiado estrés psíquico debilita nuestro sistema inmunológico, favoreciendo las infecciones oportunistas, desde un resfriado común hasta los tumores de origen vírico. Una idea, por supuesto, que alimenta la idea de que las enfermedades tienen un origen psicosomático y que, además de a los médicos, hay que hacer caso a psicólogos o, incluso, a gurús que nos permitan alcanzar el estado zen.