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Por fin: multa a Power Balance por engañar sobre sus propiedades

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A pesar de que la ministra de Sanidad de España la lleva, la pulserita mágica Power Balance es un fraude, como ha tenido a bien sancionar la Junta de Andalucía le ha impuesto por publicidad engañosa.

Finalmente ha sido impuesta la ridícula sanción (según la asociación de consumidores Facua), de 15.000 euros por la afirmación de que las pulseras Power Balance “contienen un holograma que tiene almacenadas frecuencias que reaccionan positivamente con el campo de energía natural de su cuerpo para mejorar el equilibrio, la fuerza y la flexibilidad“.

Cabe recordar que Power Balance ha vendido más de 300.000 pulseras en España, cuyo precio oscila entre 35 y 42 euros, de modo que la sanción sólo les ha salido por 428 pulseritas. Una minucia, aunque sujeta a ley: la cuantía de la sanción impuesta la establece el reglamento (sanción grave tipificada en el art. 35 b, 1º de la Ley General de Sanidad), que para estos casos fija multas de entre 3.006 y 15.025 euros.

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¿Por qué la medicina alternativa, la tradicional china y demás es cualitativamente inferior que la medicina convencional o alópata? (II)

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Otro argumento expuesto por un tal Larry Dossey, editor ejecutivo de la revista Alternative Therapies in Health and Medicine, que pretende respaldar la medicina New Age con los conocimientos actuales que tenemos en Física es el siguiente:

Era III (medicina no local o transpersonal), la era más reciente y avanzada de la ciencia. La conciencia no es local, es tanto que no es inseparable de los cuerpos individuales. Las mentes de los individuos están desplegadas a través del tiempo y del espacio, y son infinitas, inmortales, omnipresentes y en última instancia, una.

Dossey recurre a menudo a la mecánica cuántica para sostener que la mente no es local, y que por tanto tiene capacidades telepáticas, proféticas y de curación a distancia mediante oraciones. Cabe añadir que Dossey es un superventas de libros sobre salud y espiritualidad. Algo así como el Pablo Coelho de la medicina.

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10 razones para no perder el tiempo con las pseudociencias (I)

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1 Hay que tener en cuenta que las teorías confirmadas de las ciencias más veteranas están respaldadas por un entramado sólido de datos que proceden de fuentes diferentes: es infrecuente, pues, que se apoyen en un único “experimento crucial”.

Las pseudociencias suelen dar demasiada importancia a experimentos aislados.

2 Los datos acumulados de las ciencias tienden a imbricarse entre sí como si fueran las piezas de un rompecabezas. Es decir, los datos de la biología deben ser compatibles con los datos de la química, y la química, con la física. Muchos de los cambios en cualquiera de estos datos, pues, afectará al conjunto de todas las disciplinas o, con suerte, sólo se sucederán cambios locales.

Las pseudociencias, sin embargo, aceptan alegremente teorías, energías o terapias que chocan de frente con todo el esqueleto de conocimientos científicos acumulados sin explicar los cambios que ello supondría a todos los niveles.

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (y III)

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Llegados a este punto, cabe considerar entonces lo que significan los conocimientos científicos objetivos. ¿Existen? Para algunos intelectuales no existen, e incluso afirman cosas como que la teoría cosmológica del Big Bang puede ser cierta “para nuestra cultura” pero la historia de creación de los zunis es equivalentemente válida para ellos.

El quid de la cuestión, sin embargo, no es si existen conocimientos objetivos, sino que difícilmente sabremos si los hemos obtenido, porque la ciencia se basa en pequeñas aproximaciones a la verdad. Así pues, aunque la verdad de los conocimientos científicos sea sólo consensuada, temporal y sujeta a refutación, no contribuye en nada al nivel intelectual que haya críticos sobre el nivel de objetividad de la ciencia o que aseguren que cualquier visión sobre ello es válida.

El motivo principal para creer en la validez de las teorías científicas (como mínimo de las mejor verificadas) es que ofrecen una explicación a la coherencia de nuestra experiencia, es decir, a todas nuestras observaciones, incluyendo los resultados de los experimentos de laboratorio cuyo objetivo es comprobar cuantitativamente (algunas veces con una precisión asombrosa) las predicciones de las teorías científicas.

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (II)

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En puridad, no hay demasiadas diferencias entre la epistemología de la ciencia y la epistemología de la vida cotidiana. Es decir, que todos vosotros tenéis cierto grado de pensamiento científico. Historiadores, detectives, electricistas… todos usan los mismos métodos básicos de inducción, deducción y evaluación de los datos que los físicos o los bioquímicos.

La diferencia crucial es que la ciencia moderna intenta llevar a cabo esas operaciones de forma más cuidadosa y sistemática, por ejemplo usando controles y ensayos estadísticos, insistiendo en la repetición, desconfiando de testimonios, etc.

Tampoco se basa sólo en la observación (por ejemplo, como he visto a un gnomo o que un amigo mío puede levitar, entonces los gnomos y los superhéroes existen): el razonamiento por el que se pasa de las observaciones científicas a las teorías científicas es mucho más intrincado y precisa de una enorme red de datos empíricos, no de una sola observación.

Resumido en una frase de Clovis Andersen: “Uno no sabe nada hasta que no sabe por qué lo sabe.”

Llegados a este punto, mi amigo de cafetería podría discrepar de los estudios que le había presentado pero… ¿hasta qué punto podría hacerlo? Como dije, hay verdades científicas que no son opinables (salvo que aportes un quintal de pruebas, con lo cual dejas de opinar para sostener evidencias). Por ejemplo, si explico a alguien el funcionamiento de un aparato de radio, él no puede replicar: ésa es tu opinión, pero yo creo, contra lo que dice la teoría, que la radio no funciona así.

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (I)

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Supongo que empezaréis a leer estas líneas con los ojos un poco enfurecidos después del provocativo titular. Pero el titular no es tan provocativo como parece (si bien necesita de una pequeña matización).

Todo empezó la semana pasada, cuando estaba en una cafetería con un amigo y le expliqué uno de los artículos que tenía pensados para Genciencia. No importa cuál, lo que importa es que el artículo venía a desarrollar una serie de estudios que habían llevado a cabo científicos de diversas universidades.

A mi amigo no le gustaron las conclusiones del artículo (tampoco importa si no le gustaron a nivel personal, político o moral), y por esa razón trató de impugnarlas.

Yo traté entonces de explicarle mejor el contenido de dichos estudios, porque creía que él los había malinterpretado. Finalmente, mi contertulio me espetó, acorralado: ésa es tu opinión. Aparte de lo obvio (“sí, claro, esto es lo que digo yo”), tuve que defenderme: no, no es mi opinión. Yo no tenía ninguna opinión fundada sobre ese determinado tema, sobre todo porque no tenía suficientes conocimientos sobre ello.

Lo expuesto, pues, no era mi opinión: sólo le estaba transmitiendo lo leído en un estudio, lo reflejado en los manuales de biología… las instrucciones de una lavadora o el funcionamiento de la física newtoniana. Así pues, no sólo no era mi opinión sino que… parte de lo expuesto ni siquiera era opinable.

Ya os imagináis a dónde me mandó mi amigo.

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La niña que desmontó la pseudociencia del Toque Terapéutico (y II)

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Emily Rosa era una niña de 9 años de Loveland, Colorado, que quería obtener una buena calificación en la asignatura de ciencias del colegio. Así que ideó un experimento para verificar la veracidad de una pseudociencia como trabajo.

El tratamiento de medicina alternativa que escogió someter a examen fue el Toque Terapéutico, porque Emily entendía que tenía poco sentido que la gente pudiera curarse simplemente porque alguien moviera sus manos rítmicamente por encina del cuerpo del paciente, a una distancia de entre 5 y 15 centímetros, con el fin de reequilibrar el campo magnético humano que supuestamente nos envuelve a todos.

Emily entendía que aceptar algo así suponía reescribir una buena cantidad de páginas de su libro de ciencias, así que creyó oportuno comprobar si realmente el Toque Terapéutico podría ser una revolución científica que acabara por otorgarle el Premio Nobel a su descubridora.

El experimento llevado a cabo por Emily acabó siendo portada en el New York Times del 1 de abril de 1998, y también fue publicado en el The Journal of the American Medical Association.

Pero ¿qué hizo exactamente?

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La niña que desmontó la pseudociencia del Toque Terapéutico (I)

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El pensamiento que alimenta las pseudociencias es primitivo y rudimentario. Sin embargo, no es necesario construirse una supermente para advertir que el sustento de las pseudociencias es, cuando menos, endeble. La prueba de ello es que una simple niña (probablemente bien educada: es decir, alejada de dogmas y empujada al pensamiento crítico) consiguió dejar en evidencia una pseudociencia respaldada por millones de personas con un experimento escolar.

La pseudociencia en cuestión es el llamado Toque Terapéutico, una de las técnicas “holistas” de enfermería más practicadas, a pesar de su tufo a misticismo y curandería. Por ello sorprende que el Toque Terapéutico se enseñe en más de 80 centros de formación y escuelas universitarias de enfermería, en más de 70 países. Se lleva a cabo en más de 80 hospitales de Norteamérica. Las asociaciones estadounidenses de enfermería más importantes lo promueven. Su inventora asegura haber formado a más de 47.000 terapeutas durante 20 años. Se han publicado al menos 245 libros o disertaciones en cuyo título, palabra clave o índice se incluyen las palabras “Toque Terapéutico”.

Cualquier persona desinformada, pues, podría plantearse que el Toque Terapéutico debe de tener algo de verdad. Pero lo cierto es que no lo tiene. Es más: lo cierto es que sus fundamentos son tan ridículos que producirían hilaridad si la práctica no estuviera tan enquistada en la sociedad.

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Programa infantil dedicado al escepticismo

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Antes se emitía en Televisión Española un programa infantil de divulgación científica que, espero, recuperen algún día. El programa se llamaba Leonart y era estupendo (aunque mi favorito siempre será El mundo de Beakman).

Uno de los capítulos de Leonard, sin embargo, se dedico exclusivamente al escepticismo científico. Si no me equivoco, creo que fue el único programa infantil en el que se potenciaba el pensamiento crítico y se desdeñaban las pseudociencias (cuando lo habitual es que se haga lo contrario).

En el capítulo se repasan conceptos como la Navaja de Occam o se analizan pseudociencias como la astrología. ¿Os imagináis más programas de este tipo emitidos en la franja horaria protegida (excluyendo así a Belén Esteban)?

Si tenéis curiosidad, a continuación podéis ver el programa completo:

Vía | Cerebros no lavados

Newton y las profecías bíblicas (y III)

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La última retahíla de excentricidades de Newton las enumera Martin Gardner:

A Newton no le interesaban ni la música ni el arte, y en cierta ocasión describió despectivamente la poesía como “disparates ingeniosos”. Nunca hizo ejercicio, no tenía aficiones recreativas ni interés por los juegos, y estaba tan obsesionado con su trabajo que muchas veces se olvidaba de comer o comía de pie para ganar tiempo. Tenía pocos amigos, e incluso con ellos se mostraba con frecuencia pendenciero y rencoroso. En una de sus cartas a John Locke, su mejor amigo entre los filósofos británicos, le decía: “Siendo de la opinión de que siempre intentas embrollarme con tus lamentaciones y por otros medios, me sentía tan afectado por ello que cuando alguien me dijo que estabas enfermo y no vivirías, le respondí que mejor estarías muerto. Deseo que me perdones por esta falta de caridad.

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