Tal y como os explicaba en la primera entrega de este artículo, la estrategia seguida por el comercio justo es, en pocas palabras, la siguiente: intentamos pagar más a los productores, a la vez que intentamos persuadirles de que produzcan menos. La propia Oxfam tuvo que admitir que fijar los precios del comercio justo no haría nada para tratar el problema subyacente, que era el exceso de oferta de café.
Se propuso entonces otra estrategia aún más delirante: recomendar a los gobiernos y empresas que compraran aproximadamente 5 millones de sacos de café y los destruyeran. Es decir, en vez de dar ese dinero (unos 100 millones de dólares) a los pobres para dejar que cultiven algo que la gente necesite, pagarles por cultivar algo que ni siquiera necesitamos, para que luego podamos destruirlo.
Con razón, pues, el café de comercio justo es más caro: hay que pagar la parte que consumimos y la parte que tiramos al mar.

1,4 millones de toneladas de petróleo al día se convierten en plástico. 4 kilos por día y habitante del planeta son consumidos por la industria mundial.