Hay una imagen de mi infancia que nunca he olvidado. Es una escena de la serie educativa Érase una vez el hombre. En ella, un adolescente que pertenece a un grupo de cavernícolas, tropieza y lanza por error la carne que han cazado ese día sobre un fuego. Los adultos consiguen sacar la carne a tiempo, pero ha quedado un poco chamuscada. Uno de ellos le hinca el diente y observa que ahora es más fácil de masticar.
Ignoro si el descubrimiento de la cocina fue exactamente así. Lo que sí puede sugerirse es que la cocción de los alimentos fue uno de los elementos decisivos en el aumento de inteligencia del ser humano. Y no, no me refiero a ver a Arguiñano o a Gordon Ramsay en la tele.
Incluso después de que los primeros homínidos aprendieran a producir y controlar el fuego, la idea de cocinar alimentos surgió cientos de miles de años más tarde. Entonces no sólo fue más fácil masticar los alimentos sino digerirlos. Y ahí está la clave, en la digestión.


Hace un par de días se mostró al público el fósil del mayor cráneo de ave conocido hasta la fecha. Corresponde a un animal de unos 3 metros de alto perteneciente a la familia de los Phosrushacidae, o aves terribles, que poblaron Sudamérica en el período Cenozóico.