Parte de la transición desde la infancia hasta la madurez consiste en aprender a renunciar a creencias agradables pero falsas (por ejemplo, en Papá Noel). Porque, como decía Francis Bacon, “El hombre prefiere creer en lo que quiere que sea verdadero.” A todos nos asustaría/incomodaría/produciría risa un hombre de 45 años que todavía creyera en Papá Noel.
Ésa es la razón de que nos deba importar que la gente crea cosas raras: advertir la equivalencia que existe entre Papá Noel, el horóscopo y las armas de destrucción masiva en Iraq. Aunque ello suponga ir en contra de los mecanismos psicológicos subyacentes que nos impulsan hacia las pseudociencias, así como adquirir la madurez necesaria para afrontar la lógica y la ciencia empírica.
Ser niños es más confortable, pero ser adultos nos permite controlar mejor las situaciones que nos atañen. O como lo dijo mejor que yo el escritor Arturo Pérez Reverte: En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir.

Cuando alguien me comunica que cree que el sol puede alimentarnos a través de la piel o que la ciencia sólo es una interpretación del mundo o que si Newton conquistó intelectualmente la realidad no fue por su contenido de verdad ni por sus valores intrínsecos sino por efecto secundario de la hegemonía política adquirida por los británicos en aquel tiempo, cuando me dicen esas cosas, insisto, no suelo pronunciarme. Incluso puede que siga la corriente o me sonría.
A menudo la gente suele afirmar que tiene libertad para creer en lo que quiera, incluidos fenómenos sobrenaturales, medicinas alternativas o cualquier otra cosa extraña o alejada de lo comúnmente aceptado por los científicos.
Los científicos sociales también tienen mucha información almacenada y grandes herramientas estadísticas refinadas para sus análisis. Pero los científicos sociales, en general, rechazan la idea de la ordenación jerárquica del conocimiento que une y guía a las ciencias naturales.
El otro día, en uno de tantos debates radiofónicos sobre la crisis económica global, escuché cómo se enfrentaban dos catedráticos de economía. La pregunta que les había formulado el presentador era sencilla: ante lo visto, ¿qué resulta más seguro? ¿Abrir un plan de pensiones privado o confiar que en que el Estado nos ofrecerá pensiones de jubilación?