No me considero un visionario o una persona particularmente inteligente. Sin embargo, una de mis mayores aficiones consiste en leer libros que me explican cosas que difícilmente llegan a los medios de masas, como la televisión o los periódicos. Y si lo hacen, es de forma superficial o sesgada. Y además lo hacen con bastante retraso.
Uno de mis ejemplos favoritos es el debate público que suscitó la clonación de la oveja Dolly. Muchos intelectuales de pacotilla, periodista de gaceta o meros parroquianos de bar empezaron entonces a discutir la moralidad de dicho avance científico y sus implicaciones para el ser humano del futuro. El problema es que cualquier lector de ciencia ficción mínimamente formado ya llevaba un cuarto de siglo reflexionando sobre esos mismos temas… así que tuvo que aguantar durante años que en los medios de comunicación se soltaran lugares comunes que él ya había superado.
Otro ejemplo que ahora estoy experimentando en mis propias carnes es el de los derechos de autor y la reconvención de los mismos en un mundo donde el coste de la copia y la distribución es prácticamente cero. Hace casi diez años, cuando empecé a interesarme por estos temas, sobre todo de la mano del abogado David Bravo, los profesores Lawrence Lessig y Jorge Cortell o el periodista Nacho Escolar, todos los que debatíamos el actual modelo de negocio de la cultura parecíamos algo así como hippies trasnochados, antisistema de salón o meros ladrones o piratillas con parche en el ojo.

Las personas solemos ser más favorables con lo que conocemos que con lo que ignoramos.
¿Entonces, la parte genética de la homosexualidad a qué gen en concreto se debe? El comportamiento humano complejo no puede atribuirse a un único gen sino a muchos genes sino a un factor poligénico: la variación en múltiples genes es la responsable del componente heredable del rasgo. Esto también ocurre con la orientación sexual.
Existe una fuerte reticencia, sobre todo entre creyentes de orientación conservadora y algunos otros en el extremo de la derecha política, hacia cualquier investigación que sugiera que la orientación sexual tiene un componente biológico, sea éste de orden genético o epigenético, o guiado por señales biológicas que no están determinadas genéticamente como, por ejemplo, los niveles de hormonas en el feto. Para ellos, la orientación sexual surge de la educación o de las influencias externas.
Dicen que un tonto sigue siendo tonto aunque use birrete. Algo parecido podría adjudicarse a Internet y su aparente capacidad para tornar más multifacética la opinión de la gente.
Hoy comienza en la televisión pública catalana la llamada “Semana de TV3”, una tradición según la cual una vez al año dicha cadena centra su programación en un tema específico.