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A veces me sorprende el encono con el que la gente debate quién fue el inventor de tal o cual cachivache. Por ejemplo, ¿los primeros en volar fueron los hermanos Wright o Santos Dumont? ¿El inventor del teléfono fue Bell o Meucci?
Desde mi punto de vista, son debates un tanto improductivos. Y además parten de una premisa falaz: que las cosas las inventa una única persona, como si hubiese sido tocada por una inspiración divina, cuando la historia nos demuestra que es al contrario: los inventos individuales no existen, y generalmente se están a punto de descubrir en otros puntos del mundo justo cuando se descubren en algún lugar.
Porque los inventos no son más que ideas materializadas. Y las ideas vuelan de cabeza en cabeza como virus. Y las ideas no tienen dueño: las ideas son reformulaciones de otras ideas que tomamos prestadas. Al igual que el sentido de los derechos de autor cada vez tiene menos validez en un mundo en el que copiar información es muy barato (y en el que para abrir canales de creatividad es necesario que se pueda copiar fácilmente), los inventores y sus inventos sólo son engranajes de una larga cadena de causas y efectos. Pero claro, la gente siempre tiende a buscar héroes individuales, la gente quiere un Eureka, un Edison, una Madonna a quien rendir pleitesía.
Para reflexionar entre todos sobre estos procelosos temas sobre originalidad e invención, desplacémonos a un lugar donde el arte adquiere otra dimensión: Dafen, el pueblo donde se falsifican el 70 % de todas las pinturas del mundo. Sentémonos en una cafetería, rodeados de réplicas de Van Gogh, Rubens y Rothko, y empecemos.
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