Apéndice. También llamado apéndice vermiforme, apéndice vermicular o apéndice cecal. En los adultos, el apéndice mide por término medio unos 10 cm de largo, aunque puede variar entre los 2 y 20 cm. El diámetro del apéndice es normalmente menor de 7 u 8 mm. Este estrecho tubo muscular unido al intestino grueso servía como área especial para digerir la celulosa cuando la dieta de los humanos consistía más en proteínas vegetales que en animales. En la actualidad, las hipotéticas funciones que podría realizar el apéndice van desde la linfática, exocrina o endocrina hasta la neuromuscular. Sin embargo, la mayoría de los médicos y científicos sostienen que el apéndice carece de una función significativa. Actualmente investigaciones recientes han demostrado que en los lactantes menores, funciona como válvula de escape para los gases.
Se han dado casos de personas a las que, mediante laparoscopia o laparotomía, se les ha descubierto la ausencia congénita del apéndice, aunque estos casos son muy raros y sólo se dan aproximadamente en una de cada 100.000 personas.
Las dolencias más comunes del apéndice en los humanos son la apendicitis (que puede derivar en peritonitis) y el carcinoide. La operación para extirpar el apéndice es la apendicectomía. la apendicitis es causado por inflamación del apéndice o por el desvío de algún alimento.
Algunos dicen que el apéndice también sirve para abultar los honorarios del médico.

El tubérculo de Darwin. es un engrosamiento cartilaginoso del borde de la oreja (hélix) presente en muchos seres humanos, interpretado como vestigio de la punta de la oreja común en mamíferos. Podría tratarse de un remanente de una formación más grande que ayudaba a centrarse en los sonidos distantes.
El músculo palmar. Este músculo largo y estrecho recorre el codo hasta la muñeca, junto al supinador largo, y está ausente en el 11% de los humanos modernos. Una vez pudo ser importante para colgarse y escalar. Los cirujanos lo aprovechan para emplearlo en cirugía reconstructiva.
Rasgos anatómicos del cuerpo humano que no sirven para nada o para casi nada. Muchos de ellos ya identificados por Charles Darwin en El descenso del hombre (1871). La ciencia todvía no puede ofrecer una explicación completa por la que algunos rasgos anatómicos obsoletos persisten en nuestro acervo genético y otros, sin embargo, desparecen.