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P. Athanasius Kircher

Generación espontánea de seres vivos

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Sobre el origen de la vida todavía tenemos nuestras dudas, algunos flecos que se nos escapan de nuestro entendimiento. Algunos, sin embargo, llenan esas pequeñas lagunas de conocimiento recurriendo a constructos inverosímiles como el diseño inteligente o, peor aún, el creacionismo.

Hoy en día, la gente que sostiene estas especulaciones simplemente no ha leído lo suficiente. Pero años atrás, cuando la ciencia moderna aún no se había desarrollado, intelectuales sin mácula sostenían hipótesis aún más extravagantes.

Es el caso de Aristóteles. El filósofo no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

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