En tiempos en los que ser de uno y otro color de piel depende cómo te miran los demás, en los que millares de personas consideran la raza aria superior al resto o en que lo políticamente correcto impone sustituir palabras como “negro” por circunloquios altisonantes como “miembro de la diáspora africana”, vale la pena echar un vistazo a los motivos por los cuales algunos seres humanos parecen haber visto un fantasma y en sus ojos se refleja un mar frío.
Y es que, en realidad, los blancos son pocos, raros y anómalos. Y todo por culpa de la leche.
Los antepasados europeos eran grandes consumidores de leche a fin de obtener calcio y evitar el raquitismo o la osteomalacia, pues hace ocho o nueve mil años empezó una emigración hacia el norte de Europa de agricultores y ganaderos neolíticos que usaban el fuego para despejar el bosque, cultivaban cereales en pequeños huertos y permitían que su ganado pastara en las praderas que crecían tras la quema del bosque.
En este contexto, no había apenas sitio para el cultivo de verduras de carácter hojoso y de color oscuro, ricas en calcio pero de contenido energético escaso. La leche era la mejor alternativa.
