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El chocolate se acabará en 20 años

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Pues eso, que el chollo se acaba señores. Una nueva droga legal podría desaparecer de nuestro entorno en sólo 20 años. El chocolate. El sustituto del amor. El placer pecaminoso. El llamado prozac vegetal.

El problema es que cada año que pasa consumimos más cacao del que se produce, y la tendencia es que más tarde o más temprano terminará acabándose. ¿La razón? Su cultivo no sale tan rentable como plantar otros productos o dedicarse a oficios más estables en el sector servicios. De esta forma, los pequeños productores al Oeste de África cada vez están plantando menos cacao.

Las estimaciones dicen que en 20 años será tan raro y caro como el caviar y que muy poca gente podrá permitírselo. Por otro lado las compañías Hershey y Mars ya están trabajando con el genoma del cacao para crear plantaciones más resistentes y productivas.

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A vueltas con San Valentín: algunos fundamentos biológicos sobre el enamoramiento

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Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.

Se dice que el amor es una droga. O que el chocolate es el sustituto del amor. Estas creencias populares tienen mayor base científica de lo que pensamos. En efecto, el enamoramiento (que no el amor) puede ser adictivo como una droga; y el chocolate es bueno para el paladar, pero también puede picar los dientes.

El amor una suma de complejas interacciones biológicas y culturales, una mezcolanza indisociable de compañía, compromiso, consideración, comunicación, consenso en valores, aficiones compartidas, reciprocidad y otras. También deseo y emoción, por supuesto.

Sin embargo, no debe confundirse amor con enamoramiento, o flechazo. El enamoramiento es una coctelera neuroquímica que, aunque placentera, puede llegar a a picar los dientes, o a nublar nuestro juicio, o incluso a hundir un matrimonio.

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Tira los dados dodecaedros de tu personalidad: el neuroperfil (y II)

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Como decía en la anterior parte de este post, nuestros niveles de serotonina se determinan por una mezcla de genética y cultura.

Cierto es que medir a una persona por ejes neuroquímicos o por puntuaciones de personaje de rol es una simplificación. Pero mayor es la simplificación al catalogar a una persona mediante su puntuación en un test del Cociente de Inteligencia o en uno de esos temidos SAT (Scholastic Aptitude Test) de acceso a la universidad.

Un mapa químico del cerebro de una persona, aunque una burda simplificación, siempre ofrecerá más información sobre la personalidad de ese individuo. Y el neuroperfil no tendrá un carácter excluyente: podría integrarse a las demás formas de entender la personalidad.

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Nuestro cerebro está siempre drogado: ¿cómo sacarle partido? (y II)

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La mejor forma de comprender cómo mejoraría nuestra vida al conocer y hasta anticipar la secreción de sustancias químicas específicas en nuestro cerebro es mediante el siguiente ejemplo.

Imaginad que decidimos tomar un secante de LSD y, poco después, notamos la esperable confusión sensorial, colores derramándose, ataques de lucidez y de miedo, etc.

Imaginad que, otro día, esa misma dosis de ácido es ingerida por vuestro cuerpo sin que tengáis conocimiento de ello. Por ejemplo, alguien la ha diluido inadvertidamente en vuestra bebida. Y de repente, sin motivo aparente, vuestro mundo se transforma en un carrusel de alucinaciones, tal y como le sucedió a Albert Hoffman cuando sintetizó sin saberlo el LSD, convirtiendo su regreso a casa en bicicleta en un paseo de pesadilla.

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Nuestro cerebro está siempre drogado: ¿cómo sacarle partido? (I)

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La gente suele responderme irritada cuando trato de explicar que el amor es pura química agitada en la coctelera hormonal. Esto ocurre, probablemente, por mi falta de tacto, pero también porque parece que, de ese modo, le estoy arrancando la magia, el romanticismo al sentimiento amoroso.

La gente medianamente cultivada puede incluso asumir que el miedo o las emociones fuertes como las que experimentamos al lanzarnos en paracaídas deben tener su propia arquitectura química y neuronal. Pero un sentimiento tan rico y platónico como el amor, el pegamento de las parejas, el lubricante de las relaciones sociales, el sentimiento en definitiva que nos define como humanos no puede proceder exclusivamente de un sustrato fisiológico.

Sin embargo, precisamente porque el amor es un sentimiento tan fundamental en el ser humano necesita de un circuito subyacente para cumplir bien su cometido. Si el amor no tuviera esta base fisiológica innata y tuviera que aprenderse como se aprende mecanografía o a montar un mueble del Ikea, entonces la emoción no tendría el poder transformador que tiene.

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