Como decía en la anterior parte de este post, nuestros niveles de serotonina se determinan por una mezcla de genética y cultura.
Cierto es que medir a una persona por ejes neuroquímicos o por puntuaciones de personaje de rol es una simplificación. Pero mayor es la simplificación al catalogar a una persona mediante su puntuación en un test del Cociente de Inteligencia o en uno de esos temidos SAT (Scholastic Aptitude Test) de acceso a la universidad.
Un mapa químico del cerebro de una persona, aunque una burda simplificación, siempre ofrecerá más información sobre la personalidad de ese individuo. Y el neuroperfil no tendrá un carácter excluyente: podría integrarse a las demás formas de entender la personalidad.

Tres son los ejes que determinan vuestra personalidad. Al menos si aceptamos como válida la teoría del psicólogo Robert Cloninger: la “teoría biosocial unificada de la personalidad”. Una teoría que se organiza en torno a tres ejes que corresponden con los tres principales neurotransmisores de nuestro cerebro: la serotonina, la dopamina y la norepinefrina.
El director de cine M. Night Shyamalan ha basado parte del éxito de sus películas en esos finales sorpresa, esos giros de tuerca que todo lo cambian y enriquecen. Si os explicara el final de El bosque, de El protegido o de El sexto sentido, probablemente os estropearía la película. Pero no voy a revelar spoilers, tranquilos.