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neuronas espejo

Sólo entendemos a los grupos de 150 personas (I)

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A pesar de que ahora vivimos en grandes ciudades y casi todos estamos comunicados por inmensas redes sociales, esta condición es bastante reciente en nuestra historia evolutiva. Todos nosotros descendemos de individuos que convivían en grupos especialmente reducidos de personas.

Hoy en día se mantiene de una manera más o menos unánime la teoría de que el cerebro humano aumentó su volumen espectacularmente para enfrentarse a entornos sociales densos. Un individuo que perteneciera a un grupo de 5 personas, por ejemplo, se enfrenta a 10 relaciones diferentes: las que tiene con los otros 4 miembros del grupo, más las 6 relaciones que tienen lugar entre todos los pares posibles.

Conocer en profundidad a todos los miembros de un grupo implica comprender las dinámicas personales, el adaptar la propia personalidad a las de los otros, hacer que todos se sientan felices, organizarse para dedicar tiempo a los demás y la atención que nos piden, etcétera.

Pero ahora imaginemos a una persona introducida en un grupo de 20 personas. Entonces se debe enfrentar a 190 relaciones entre pares: 10 entre él y los otros miembros, y 171 con las restantes parejas posibles. Es decir, aunque el tamaño del grupo se ha quintuplicado, la cantidad de información necesaria para conocer en profundidad a los miembros del grupo se ha multiplicado por 20.

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Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (I)

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Cada vez más, la memética permite revelarnos que nosotros, de una forma asombrosamente profunda, somos en gran parte una suma de influencias por parte de la gente con la que tenemos un contacto cotidiano.

Por esa razón, el refranero popular cobra mayor importancia a la luz de sus nuevos descubrimientos: dime con quién andas y te diré quién eres (no sólo porque tú decidas andar con ellos, sino porque ellos acabarán influyendo en tu forma de pensar, en tu estado de ánimo, en tu estado físico, en tu manera de hablar y hasta en aspectos tan peregrinos como tu peso o tu salud cardiovascular).

El impacto emocional de las personas que nos rodean quedo expresado en un curioso experimento realizado con estudiantes voluntarios de la Universidad de Wurzburg, Alemania.

Los sujetos debían escuchar una voz grabada leyendo un párrafo muy pesado y aburrido, una traducción alemana del Tratado de la naturaleza humana, del filósofo David Hume. Ya os lo podéis imaginar: un rollo.

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Test para saber lo bueno que eres

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Poco a poco estamos descubrimiento que el sentido moral es algo que surge de forma innata en el ser humano (aunque esa moralidad acostumbre a manifestarse sólo entre los miembros de nuestro propio grupo o clan).

En 1996, biólogos italianos descubrieron las neuronas espejo, que determinan nuestro grado de empatía, altruismo o solidaridad con el prójimo. Estas neuronas está alojadas en la corteza premotora del cerebro, y nos hacen ponernos en la piel del otro gracias que permiten que lo imitemos: hacen que nos hagamos una idea de lo que está haciendo el otro y que podamos darle sentido.

Por esa razón, cuando una persona sufre un padecimiento, se activa en nosotros un patrón cerebral que es el mismo que entra en funcionamiento cuando alguien ve a otra persona sufrir.

Pero no todos nacemos con el mismo grado de moral, y el ambiente acaba por configurar finalmente nuestra moralidad (pese a la idea russoniana del buen salvaje, son las ciudades más industrializadas las que tienen ciudadanos más morales y no los escenarios rurales o naturales).

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Las innumerables formas que tenemos de reírnos

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Aunque lo hacemos con naturalidad desde muy pequeños, resulta asombrosa la capacidad de nuestro cerebro para registrar hasta detalles infinitesimales el lenguaje no verbal de los demás y, por supuesto, de expresar nuestras emociones con nuestros gestos y muecas. Un ligero desvío de mirada, un milimétrico frunce en el entrecejo, un mínimo tic en el labio… todo cuenta en la muda partida de ajedrez psicoemocional a la hora de suponer qué piensa realmente el otro y si este pensamiento se relaciona con lo que dice.

Para advertir la apabullante complejidad de estas expresiones no verbales, basta con observar la gran diversidad de sonrisas que somos capaces de formular de manera casi inconsciente.

Paul Ekman, un psicólogo que ha sido un pionero en el estudio de las emociones y sus relaciones con la expresión facial, se dedicó en la década de 1980 a aprender a controlar voluntariamente, delante de un espejo, cada uno de los casi 200 músculos de la cara. Para ello, incluso, se aplicaba ligeras descargas eléctricas para poder así localizar algunos músculos difíciles de detectar.

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