¿Os imagináis un medicamento cuyo efecto secundario sea induciros a la ludopatía? Ann Klinestiver, profesora de inglés de un instituto de una pequeña ciudad de Virgina Occidental, sufrió en sus carnes ese efecto cuando le diagnosticaron Parkinson con sólo 52 años de edad.
El neurólogo de Ann le administró inmediatamente Requip, un fármaco que imita la actividad de la dopamina en el cerebro: el Parkinson es una enfermedad del sistema dopaminérgico, y Requip pertenece a un tipo de medicamentos denominados agonistas de la dopamina. No importa el medicamento que toméis, todos ellos actúan conforme al principio de incrementar la cantidad de dopamina del cerebro. Eso evita los problemas de movimiento aparejados al Parkinson pero…
En fin, que las máquinas tragaperras son un flipe, a pesar de ser una de las ludopatías más mundanas y plebeyas. Introduces una moneda, tiras de la palanca y, en pocos segundos, despejas la incertidumbre de tu futuro financiero inmediato. Vuelves a tirar y ganas, luego pierdes cuatro partidas, ganas otras dos. Sólo con escuchar el tintineo de las monedas desparramadas ya sufres un subidón. Y a eso contribuye la musiquita parahipnótica, las luces de colores y las frutas, fresas, manzanas y demás, corriendo veloces frente a tus ojos.
Cabe recordar que las máquinas tragaperras suponen un 70 % de los 48.000 millones de dólares anuales que se gastan los estadounidenses en los casinos; un ciudadano medio gasta 5 veces más en las tragaperras que en entradas de cine. En EEUU hay actualmente el doble de máquinas tragaperras que de cajeros automáticos.

El heterodoxo Steven Johnson es uno de mis divulgadores preferidos, y no sólo porque me hizo reflexionar un día sobre la idea de que la cultura de masas cada vez nos hace más inteligentes. Sino también por libros como el que nos ocupa, La mente de par en par. Un repaso al cerebro humano que nos ha inspirado para escribir artículos tan sustanciosos como:
Para cambiar nuestro cerebro ni siquiera hace falta que realicemos una actividad concreta. Basta con imaginar que la estamos realizando.
Los psicólogos llaman “encuadre” a la forma en la que se expresa una pregunta, condicionando finalmente nuestra respuesta. Nuestro cerebro es muy vulnerable al encuadre, y de ello se aprovechan no sólo los políticos sino también los publicistas.
Como persona despistada que soy, leer esta clase de estudios me tranquiliza: ser despistado es más común de lo que parece, y ya no digamos si las cosas dependen de nuestra memoria, frágil y maleable hasta decir basta.
Hoy vamos a juzgar a Donald. No al pato Donald: si compareciese en el juicio, probablemente no entenderíamos casi nada de lo que tuviera que alegar. Vamos a juzgar a un hombre anónimo llamado Donald para descubrir que nuestra mente, en cierto modo, a veces actúa de forma tan torpe como el habla del pato Donald.
Una de las normas principales de la ciencia moderna es: no te fíes nunca de las personas, ni de sus percepciones ni de sus ideas ni de sus testimonios. Los sentidos de las personas son imperfectos, la histeria colectiva es más común de lo que parece, la gente cree lo que quiere creer (no lo que es) y… nuestra memoria no es tan perfecta como creemos.
Entre el cerebro de los habitantes de las sociedades ágrafas y nuestro cerebro hay una diferencia abismal.
Este descubrimiento alegrará a muchos adictos al sofá o a los vagos más recalcitrantes: imaginar que entrenas alguna parte de cuerpo puede ser casi tan eficaz como entrenarla de verdad. Es decir, podéis tumbaros a la bartola, poneros a pensar que ejecutáis una tarea motora concreta, y zas, todo el tiempo invertido mejorará la ejecución posterior y real de tal tarea motora.