Ya hemos visto que una torre orbital desafiaría nuestros conocimientos actuales sobre ingeniería. Así que, antes de proponernos construir algo semejante, primero hay que aprender a construir otra cosa.
El paso previo sería construir un ascensor espacial que lleve materiales de forma barata al espacio. Y eso es una obra de ingeniería más plausible, porque el ascensor podría ser un cable:
Soltar un cable desde la órbita geoestacionaria, anclarlo al suelo y atar el otro extremo a un pequeño asteroide en una órbita algo superior para que haga de contrapeso y tense el sistema. (…) Su coste se estema ¡10 veces menor al de la Estación Espacial!
El problema es que un cable de tales características tendría que resistir una tensión gigantesca, y hasta hace muy poco no existía ningún material capaz de soportar algo así. En estos momentos aún no existe tal material, pero con el descubrimiento y los actuales avances en los nanotubos de carbón, empresas como Liftport están apostando a que el material estará disponible próximamente.
El mejor candidato son los nanotubos de fulereno, pero todavía no se han logrado construir cables largos sin impurezas. Los fulerenos son la tercera forma más estable del carbono, tras el diamante y el grafito. El primer fulereno se descubrió en 1985 y se han vuelto populares entre los químicos, tanto por su belleza estructural como por su versatilidad para la síntesis de nuevos compuestos, ya que se presentan en forma de esferas, elipsoides o cilindros.

Una torre orbital (conocida también como garfio espacial, funicular cósmico) es un medio para viajar al espacio de forma muy económica, en lugar de utilizar caros cohetes: una conexión entre la superficie de la Tierra y el espacio exterior. El concepto apareció en 1895 de la mano del científico Konstantin Tsiolkovsky, que fue inspirado por Torre de Eiffel.
Científicos afirman haber producido el material más negro conocido por el hombre, capaz de absorber hasta el 99,9% de la luz recibida. Está compuesto por pequeños tubos de carbono parados sobre un extremo y es hasta 30 veces más oscuro que la sustancia de carbono actualmente utilizada por el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (de Estados Unidos) como el parámetro para el negro.
Las Buckyballs son nanoestructuras formadas por exactamente 60 átomos de carbono, también llamadas C60. Su forma esférica y la alta impermeabilidad las hacen ideales para el transporte de sustancias, por ejemplo para llevar pequeñas dosis de medicamento a alguna parte del cuerpo. Si bien las aplicaciones de estas estructuras son casi ilimitadas, hasta ahora sólo se había podido teorizar sobre su generación, limitando la capacidad de generación en grandes cantidades.
El área de I+D de IBM busca que un átomo se mantenga estable con el paso del tiempo.
Según pudimos leer en el día de ayer en un
Sin embargo, existe un posible impacto de las nanopartículas manofacturadas y nanotubos que son libres para moverse en el interior de los materiales. Algunos expertos temen que su tamaño pueda aumentar el potencial tóxico de estos elementos. La preocupación se debe a que las nanopartículas libres pueden ser inhaladas, ingeridas o penetrar por la piel, pudiendo incluso dañar nuestras células. Largos periodos de inhalación en grandes cantidades podrían causar problemas respiratorios.
Investigadores de la Delft University of Technology y FOM Foundaion (Países Bajos) han logrado fabricar con éxito la cuerda de piano más pequeña del mundo. Las cuerdas están hechas a partir de nanotubos de carbono cuyas medidas oscilan entre los 2 nanometros de diámetro y 1 micrometro de longitud. Los investigadores han publicado un artículo esta semana en la revista científica Nano Letters. Los tubos fueron inicialmente colocados sobre una capa de óxido de silicio. Esta capa fue parcialmente grabada con ácido, lo que provoca que los tubos se separen y cuelguen.