Las moscas son los pelmazos del verano. Sobre todo si estáis pasando las vacaciones en un camping: aunque tengáis un limón abierto sobre la mesa con especia de clavo, papeles matamoscas o insecticidas varios, las moscas llegarán y molestarán todo lo que puedan, como hábiles pilotos acrobáticos, pequeñísimos, oscuros como la brea. Sus vuelos no son muy rápidos pero nunca logramos atraparlas. Se estabilizan con los halterios. Pueden agarrarse sobre cualquier superficie gracias a sus uñas y sus púlvilos. Si está ahí posada e intentáis darle un palmetazo, las células que recubren su cuerpo notarán el cambio de presión en el aire y la mosca alzará el vuelo antes de que la mano llegue.
Sin embargo, hay moscas que son nuestros héroes.
Concretamente para la Drosophila, la diminuta mosca de la fruta. Este insecto es el animal favorito de los genetistas para la experimentación porque se reproduce rápida y fácilmente y tiene un genoma muy similar al del ser humano (sí, parece que el protagonista de película La mosca no era tan alienígena como pensamos). La especie que estudian, llamada Drosophila melanogaster, se ha transportado por todo el mundo para su cría en laboratorio.

