Unos días atrás os planteábamos una disyuntiva, ¿comeríais cerdos insensibles al dolor?, en la que habéis participado muy activamente, llevando la discusión hasta lugares interesantes y enriquecedores.
A modos de conclusión, me gustaría compartir con vosotros algunos datos acerca de los cerdos y su uso para la alimentación humana. Datos que vienen a confirmar aquel dicho de que “del cerdo se aprovecha todo”.
De todos los mamíferos domesticados por el hombre, el cerdo es el que posee mayor capacidad para transformar plantas en carne de forma rápida y eficaz. De esta forma, un cerdo, a lo largo de su existencia, puede transformar el 35 % de la energía que contiene su pienso en carne. Las vacas, por ejemplo, sólo transforman un 6,5 %.
Por otro lado, en apenas 4 meses después de la inseminación, una hembra porcina puede dar a luz 8 cochinillos o más, que llegarán a pasar más de 200 kilogramos cada uno en el plazo de 6 meses. Por el contrario, una vaca precisa de 9 meses para parir un único ternero y, en la actualidad, hacen faltan unos 4 meses para que éste alcance los 200 kilogramos.

Uno de los argumentos que salen a colación cuando la típica discusión sobre la existencia de Dios ha llegado a una vía muerta es el de que la religión, esté o no basada en una divinidad inexistente, al menos procura un código de conducta al ser humano.
Libros sobre el tema de la moral científica hay muchos. Pero me centraré en un pequeño ejemplo, casi una anécdota, para ir abriendo camino hacia ella. (Prometo, en sucesivos artículos, ahondar más en el asunto).
La pregunta está de actualidad debido a la crisis económica mundial. ¿El Estado debe intervenir para regular la economía? ¿O la economía se regula por sí misma?