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Conclusiones sobre la encuesta: ¿Comeríais cerdos insensibles al dolor?

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Unos días atrás os planteábamos una disyuntiva, ¿comeríais cerdos insensibles al dolor?, en la que habéis participado muy activamente, llevando la discusión hasta lugares interesantes y enriquecedores.

A modos de conclusión, me gustaría compartir con vosotros algunos datos acerca de los cerdos y su uso para la alimentación humana. Datos que vienen a confirmar aquel dicho de que “del cerdo se aprovecha todo”.

De todos los mamíferos domesticados por el hombre, el cerdo es el que posee mayor capacidad para transformar plantas en carne de forma rápida y eficaz. De esta forma, un cerdo, a lo largo de su existencia, puede transformar el 35 % de la energía que contiene su pienso en carne. Las vacas, por ejemplo, sólo transforman un 6,5 %.

Por otro lado, en apenas 4 meses después de la inseminación, una hembra porcina puede dar a luz 8 cochinillos o más, que llegarán a pasar más de 200 kilogramos cada uno en el plazo de 6 meses. Por el contrario, una vaca precisa de 9 meses para parir un único ternero y, en la actualidad, hacen faltan unos 4 meses para que éste alcance los 200 kilogramos.

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Basar la moral en la religión: un mal negocio

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Uno de los argumentos que salen a colación cuando la típica discusión sobre la existencia de Dios ha llegado a una vía muerta es el de que la religión, esté o no basada en una divinidad inexistente, al menos procura un código de conducta al ser humano.

La religión, pues, lejos de su aparatosidad metafísica, ha establecido una serie de normas a lo largo de la historia, normas sin las cuales la sociedad estaría huérfana de valores. Bien, eso es lo que sostienen los que no tienen en cuenta que el ser humano es moral por naturaleza y que la población carcelaria, porcentualmente, está compuesta por creyentes más que por ateos o agnósticos.

El cínico físico Steven Weinberg expresa de esta forma su parecer sobre los códigos morales que inculca la religión: “Con o sin religión, la gente buena hará el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión”.

Este provocador pensamiento se puede ilustrar mejor gracias a un experimento psicológico clásico sobre el llamado efecto de sobrejustificación a cargo de David Greene, Betty Sternberg y Mark Lepper.

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Libre mercado: Altruismo, egoísmo y cooperación científicos (y II)

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Libros sobre el tema de la moral científica hay muchos. Pero me centraré en un pequeño ejemplo, casi una anécdota, para ir abriendo camino hacia ella. (Prometo, en sucesivos artículos, ahondar más en el asunto).

Imaginad que estáis con otras 20 personas, a las que sólo conocéis superficialmente, en una habitación en la que os ha reunido un filántropo excéntrico. Suponed que no podéis hablar entre vosotros y que se os da la posibilidad de elegir entre apretar un botoncito que hay frente a cada uno de vosotros o no hacerlo.

Si ninguno de los presentes aprieta su botón, el filántropo entregará 10.000 euros a cada uno. Pero si algunos lo aprietan, quienes lo hayan hecho recibirán 3.000 euros cada uno, y quienes no lo hayan apretado se irán con las manos vacías.

La pregunta es: ¿aprietas tú el botón para asegurarte los 3.000 euros o te abstienes, con la esperanza de que todos hagan lo mismo, para así poder ganar 10.000 euros cada uno?

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Libre mercado: Altruismo, egoísmo y cooperación científicos (I)

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La pregunta está de actualidad debido a la crisis económica mundial. ¿El Estado debe intervenir para regular la economía? ¿O la economía se regula por sí misma?

Thomas Hobbes sostenía que las leyes de naturaleza (tales como las de justicia, equidad, modestia, piedad y, en suma, la de haz a otros lo que quieras que otros hagan para ti) son, por sí mismas, cuando no existe el temor a un determinado poder que motive su observancia, contrarias a nuestras pasiones naturales, las cuales nos inducen a la parcialidad, al orgullo, a la venganza y a cosas semejantes. Así pues era necesaria una instancia superior que nos supervisara.

En el especto opuesto está Adam Smith y su laissez faire. La frase “laissez faire, laissez” es una expresión francesa que significa “dejad hacer, dejad”, refiriéndose a una completa libertad en la economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre mercado laboral, y mínima intervención de los gobiernos. Fue usada por primera vez por Jean-Claude Marie Vicent de Gournay, fisiócrata del siglo XVIII, contra el intervencionismo del gobierno en la economía.

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