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Si piensas demasiado… el arte no tiene sentido

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Las ejecuciones artísticas más sublimes suelen realizarse con el piloto automático puesto, en modo zombi, sin darle demasiado al coco, dejándose llevar por el instinto y la trepidación. De igual manera, si uno le da demasiado al coco sobre el arte, sobre lo que es más o menos bello, mejor o peor, exacto o inexacto, entonces todo puede perder su sentido. Hasta el punto de que acabemos prefiriendo una foto de unos graciosos gatitos a un cuadro de Van Gogh (como os demostraré más adelante en un curioso experimento).

En política, dos personas inteligentes pueden mantener creencias diametralmente opuestas. Si esto ocurre en literatura o pintura, ¿significa que pueden coexistir posibles familias de explicaciones y exégesis acerca de una obra y que cada una de ellas puede ser igualmente rigurosa? La respuesta es que sí, aunque eso no les gusta a nada a los expertos en arte porque, entonces, todo vale, y si todo vale, ¿qué enseñamos como cierto o incierto? ¿El arte es sólo gimnasia mental para entrenar el sentido estético?

Muchas opiniones acerca del mérito artístico de una obra son el resultado del contagio arbitrario: una persona lee una reseña de un libro o una cuadro; otra la lee y escribe un comentario empleando parecidos argumentos, pues las ideas se anclan en su mente de forma inconsciente (ya decía Asimov que cualquier teoría puede defenderse con el suficiente aparato retórico). En poco tiempo, aparecen cientos de críticas que, atendiendo a su contenido, se reducen a dos o tres críticas originarias. ¿Y el hecho de que haya libros que se vendan mucho más que otros? La llamada recursividad consiste en la retroalimentación de un fenómeno mediante un número creciente de bucles; sucesos son la causa de más sucesos iguales pero de mayor entidad. Compramos un libro, básicamente, porque otros lo compran, originándose lo que en marketing se denomina “bola de nieve”.

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La moda de rechazar la medicina oficial está provocando que enfermedades casi erradicadas como el sarampión vuelvan a ser un problema

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Como ya os señalaba en La inmoralidad de profesar una fe (I) y (yII), una persona que sostiene una fe irracional no sólo puede ser altamente perjudicial para sí mismo, sino también para los demás. La idea de respetar todas las creencias es una estupidez: si se respetaran todas las creencias, también debería respetarse el no respetar determinadas creencias. O incluso deberíamos respetar ideas como el nazismo.

Las ideas deben someterse a continuo escrutinio, y las ideas que no pueden ser sometidas a ese escrutinio (el cual incluye crítica, mofa, befa y todo lo demás), directamente deberían ser erradicadas de la sociedad. O pasan cosas como las que están pasando con el sarampión.

Bajo el lema de El niño es mío y si quiero lo mato; y si se lleva por delante a medio colegio, no es asunto mío, muchos padres no sólo se aferran a ideas basadas en la fe irracional o dogmática, no sólo pretenden que se les respete esa clase de fe, sino que incluso no tienen suficiente con contaminar el cerebro de los niños con las ideas: tampoco tienen ningún problema en contaminar su cuerpo.

Por ello el sarampión y la rubeola, que ya se consideraban enfermedades casi erradicadas, vuelven a estar en la picota. La enfermedad crece en España ayudada por grupos que no vacunan a sus hijos por ideología: los 1.300 casos de 2011 multiplican por cinco los de 2010. Los que se niegan a vacunar a sus hijos no son solo población marginal o intelectualmente pobre: también son familias bien formadas que secundan estilos de vida pretendidamente naturalistas y que rechazan los productos de la industria farmacéutica como gesto de militancia.

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El efecto Werther: cuando el suicidio se vuelve contagioso (y II)

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Chris Korda, hijo de Michael Korda, editor jefe de Simon & Schuster y nieto de uno de los artífices de la industria cinematográfica británica, es el fundador y líder de la Iglesia de la Eutanasia.

Una secta, performance o exabrupto dadaísta, quién lo sabe ya, que se basa en un único mandamiento: No procrearás. Y que se asienta, a su vez, en cuatro pilares ideológicos fundamentales: suicidio, aborto, canibalismo y sodomía.

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El efecto Werther: cuando el suicidio se vuelve contagioso (I)

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Uno de los momentos más sublimes de la serie de animación Futurama (hay tantos que podría pasarme el día enumerándolos) tiene lugar justamente en el primer capítulo. La serie transcurre en el año 3000 y en Nueva York es ya habitual encontrarse con Cabinas de Suicidio, cuya forma exterior recuerda sospechosamente a una cabina telefónica. Fry, el protagonista, entra en una creyendo de hecho que se trata de una cabina telefónica, y entonces una voz robótica le pregunta qué clase de suicidio desea, si rápido o lento y doloroso.

Fry contesta que sólo quiere realizar una llamada a larga distancia. La voz robótica dice: ha escogido lento y doloroso.

Tal vez esta escena pudiera parecernos una exageración: es imposible que en el año 3000 se haya puesto de moda el suicidio hasta el punto de que existan cabinas para hacerlo a disposición del transeúnte. Pero tal vez no es una idea tan disparatada como parece. Sobre todo si echamos un vistazo al efecto Werther.

El efecto Werther toma su nombre de la novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista. De hecho, las autoridades de Italia, Alemania y Dinamarca la prohibieron por esa razón.

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A los neandertales también les gustaba ir a la moda

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Parece ser que lo de las pasarelas de moda y toda la pesca y lo de emperifollarse para dar más el pego frente a los demás (y ante uno mismo, claro, claro) no es algo reciente. Los neandertales también se engalanaban y tenían sentido estético.

Es lo que han sugerido arqueólogos de la Universidad de Bristol. Incluso se especula que se maquillaban, al estilo sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate. Y supongo que no se sometían a operaciones de cirugía estética porque les faltaba la tecnología.

El equipo de arqueología paleolítica de Joao Zilhao, de la universidad británica, ha hallado una concha llena de pigmento rojo en la excavación de Cueva Antón, en Murcia.

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