Las ejecuciones artísticas más sublimes suelen realizarse con el piloto automático puesto, en modo zombi, sin darle demasiado al coco, dejándose llevar por el instinto y la trepidación. De igual manera, si uno le da demasiado al coco sobre el arte, sobre lo que es más o menos bello, mejor o peor, exacto o inexacto, entonces todo puede perder su sentido. Hasta el punto de que acabemos prefiriendo una foto de unos graciosos gatitos a un cuadro de Van Gogh (como os demostraré más adelante en un curioso experimento).
En política, dos personas inteligentes pueden mantener creencias diametralmente opuestas. Si esto ocurre en literatura o pintura, ¿significa que pueden coexistir posibles familias de explicaciones y exégesis acerca de una obra y que cada una de ellas puede ser igualmente rigurosa? La respuesta es que sí, aunque eso no les gusta a nada a los expertos en arte porque, entonces, todo vale, y si todo vale, ¿qué enseñamos como cierto o incierto? ¿El arte es sólo gimnasia mental para entrenar el sentido estético?
Muchas opiniones acerca del mérito artístico de una obra son el resultado del contagio arbitrario: una persona lee una reseña de un libro o una cuadro; otra la lee y escribe un comentario empleando parecidos argumentos, pues las ideas se anclan en su mente de forma inconsciente (ya decía Asimov que cualquier teoría puede defenderse con el suficiente aparato retórico). En poco tiempo, aparecen cientos de críticas que, atendiendo a su contenido, se reducen a dos o tres críticas originarias. ¿Y el hecho de que haya libros que se vendan mucho más que otros? La llamada recursividad consiste en la retroalimentación de un fenómeno mediante un número creciente de bucles; sucesos son la causa de más sucesos iguales pero de mayor entidad. Compramos un libro, básicamente, porque otros lo compran, originándose lo que en marketing se denomina “bola de nieve”.

Como ya os señalaba en
Chris Korda, hijo de Michael Korda, editor jefe de Simon & Schuster y nieto de uno de los artífices de la industria cinematográfica británica, es el fundador y líder de la Iglesia de la Eutanasia.
Uno de los momentos más sublimes de la serie de animación Futurama (hay tantos que podría pasarme el día enumerándolos) tiene lugar justamente en el primer capítulo. La serie transcurre en el año 3000 y en Nueva York es ya habitual encontrarse con Cabinas de Suicidio, cuya forma exterior recuerda sospechosamente a una cabina telefónica. Fry, el protagonista, entra en una creyendo de hecho que se trata de una cabina telefónica, y entonces una voz robótica le pregunta qué clase de suicidio desea, si rápido o lento y doloroso.
Parece ser que lo de las pasarelas de moda y toda la pesca y lo de emperifollarse para dar más el pego frente a los demás (y ante uno mismo, claro, claro) no es algo reciente. Los neandertales también se engalanaban y tenían sentido estético.