El lugar maldito por antonomasia es el Infierno. Aunque hay muchos tipos de infierno. Por ejemplo, si he de quemarme en uno, prefiero un infierno precristiano, como el hinduista, que no es eterno. En el infierno hinduista cada día equivale a 6.400 años humanos. Es mucho, sí. Y más lo es si te mandan al infierno por haber dado muerte a un sacerdote: entonces la condena asciende a 149.504 millones de años. Pero aún así es preferible esa larga temporada a la eternidad.
Pero dejemos a un lado a los infernos inventados y fijémonos en un lugar que se parece bastante al infierno, al menos estéticamente hablando.
Ese lugar se llama Danakil. Es un desierto y está situado dentro de la depresión de Afar, en la región oriental de Etiopía y al sur de Eritrea, entre el Mar Rojo y el Nilo Azul, en lo que se llama Cuerno de África. Si estuviera en Estados Unidos, sería una de las maravillas del mundo y sin duda sería tan visitado como un parque temático, pero se encuentra en un enclave lejano y poco conocido. Para llegar allí desde las montañas del Tigrai, en el norte de Etiopía, hay que pasar por cuencas de ríos secos y una zona montañosa poco habitada que recuerda al Gran Cañón del Colorado.

Existe un infierno en Indonesia (uno de tantos que puebla el mundo, matizará alguno). Está a 2.400 metros de altitud, en la cumbre del volcán Ijen, en la isla de Java. Se trata de una de las últimas minas de azufre a cielo abierto que sobreviven en el planeeta. Así que imaginaos el paisaje: la tierra es de color amarillo y una nube tóxica está permanentemente suspendida en el ambiente; si hay mucha humedad, entonces parece que cae una fina lluvia ácida. 