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En las películas lo hemos visto a menudo, ya sea mediante argucias psicológicas o mediante tecnología futura capaz de explorar nuestro cerebro: parece que ser que todo lo que vivimos se graba en nuestra mente, aunque no seamos conscientes de ello.
Intuitivamente, también se nos antoja así: incluso cosas que hemos olvidado completamente, aparecen de nuevo perfectamente recordadas en cuanto alguien nos da alguna pista: basta tirar del hilo y la madeja se deshila.
Pero ¿hay alguna base científica que apoye esta idea?
La gente suele creer que los recuerdos son siempre una reproducción fidedigna de lo que sucedió en realidad. Incluso muchos aún piensan que son capaces de recordar su primer año de vida. Como si en nuestra cabeza hubiera una suerte de disco duro de memoria.
Pero los recuerdos cotidianos de nuestro cerebro no tienen la calidad “archivística” que caracteriza los medios técnicos. En el siglo XIX, Ebbinghaus, el precursor de los estudios sobre la memoria, descubrió que los recuerdos almacenados, o lo que llamó pista mnémica, empiezan a deteriorarse y a perder exactitud transcurridos… escasos minutos.
Hoy en día, se ha demostrado que los recuerdos son más bien una reconstrucción del pasado. Una reconstrucción tendenciosa, como una obra de teatro o una enciclopedia manipulada por el poder político, en el que se incorporan toda clase de elementos nuevos: informaciones sobrevenidas después, estereotipos mediados por la cultura, la necesidad de contemplarse a uno mismo a la luz más favorecedora, etc.
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