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¿Eureka? No existe 'el inventor' sino los inventores

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domenicofettiarchimedes1620.jpgA veces me sorprende el encono con el que la gente debate quién fue el inventor de tal o cual cachivache. Por ejemplo, ¿los primeros en volar fueron los hermanos Wright o Santos Dumont? ¿El inventor del teléfono fue Bell o Meucci?

Desde mi punto de vista, son debates un tanto improductivos. Y además parten de una premisa falaz: que las cosas las inventa una única persona, como si hubiese sido tocada por una inspiración divina, cuando la historia nos demuestra que es al contrario: los inventos individuales no existen, y generalmente se están a punto de descubrir en otros puntos del mundo justo cuando se descubren en algún lugar.

Porque los inventos no son más que ideas materializadas. Y las ideas vuelan de cabeza en cabeza como virus. Y las ideas no tienen dueño: las ideas son reformulaciones de otras ideas que tomamos prestadas. Al igual que el sentido de los derechos de autor cada vez tiene menos validez en un mundo en el que copiar información es muy barato (y en el que para abrir canales de creatividad es necesario que se pueda copiar fácilmente), los inventores y sus inventos sólo son engranajes de una larga cadena de causas y efectos. Pero claro, la gente siempre tiende a buscar héroes individuales, la gente quiere un Eureka, un Edison, una Madonna a quien rendir pleitesía.

Para reflexionar entre todos sobre estos procelosos temas sobre originalidad e invención, desplacémonos a un lugar donde el arte adquiere otra dimensión: Dafen, el pueblo donde se falsifican el 70 % de todas las pinturas del mundo. Sentémonos en una cafetería, rodeados de réplicas de Van Gogh, Rubens y Rothko, y empecemos.

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La inmoralidad de profesar una fe (I)

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Mucho se ha comentado en posts anteriores sobre la conveniencia de profesar una fe, incluso de la idea de que todos, esencialmente, tenemos fe en algo: unos en la ciencia, otros en Dios, otros en el hombre, y así.

El problema de esta clase de confrontaciones es que sus protagonistas acostumbran a confundir y mezclar conceptos, consciente o inconscientemente, que acaban por generar en el ambiente una sensación de que “todo vale”, tú respeta mi posición y yo respetaré la tuya, todos somos iguales, epistemológicamente huérfanos, buscadores de respuestas o consuelos.

A veces llego a asumir que quizá los teóricos en memética tengan razón, y que la religión o la fe en cosas no probadas o incompatibles con lo ya conocido están originadas por una suerte de virus mental difícil de erradicar: lo que llaman un memeplejo.

No voy aquí a esclarecer las confusiones típicas en esta clase de polémicas, pues para ello existen estupendos libros que lo hacen mucho mejor que yo. Romper el hechizo de Daniel Dennett es de los últimos que han aparecido en el mercado. Lo que sí voy a intentar hacer es aclarar lo que significa tener fe, y por qué esa fe se puede dividir en “racional” e irracional”. Y más aún: que la “fe irracional” es profundamente inmoral y peligrosa, tanto para el que la profesa como para todos los demás.

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