Ha cristalizado la idea de que, en cuestiones matemáticas, los hombres son más hábiles que las mujeres. Y que ésa es la razón de que haya más matemáticos que matemáticas, por ejemplo. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas.
Según diversos experimentos, basta con reformular la descripción de las pruebas de competencia matemática para que las diferencias entre hombres y mujeres no se produzca.
En pocas palabras, vivimos en un entorno social que da por sentado que las matemáticas son cosa de hombres, así que las mujeres no se enfrentan con la misma confianza a las pruebas estándar. Pero basta con cambiar el nivel de amenaza del contexto para producir efectos tangibles en la capacidad para desempeñar una determinada tarea, incluso resolver problemas matemáticos.
Es lo que hicieron Chaterine Good y sus colegas de la City University de Nueva York con 100 estudiantes universitarios que se habían matriculado en una clase intensiva de cálculo que servía de preámbulo a las ciencias exactas. Se les entregó a todos un test con preguntas extraídas del examen de graduación y, para motivarles, se les comunicó que se les ofrecería créditos extra dependiendo del rendimiento.
Lo importante en el experimento es que, dentro del sobre donde estaba el test, se había introducido también información acerca del mismo, tal y como explica Cordelia Fine:

Mucha gente suele decir: ésta es mi verdad. Mucha gente suele decir: yo creo en esto aunque todas las pruebas indiquen lo contrario. Mucha gente dice: creer en lo que no se puede ver o demostrar tiene mucho mérito y debe respetarse de forma indiscutible. 
Imaginaos que para aprender matemáticas no hiciera falta que empollarais gruesos manuales ni que resolvierais toda clase de ejercicios sobre dos trenes que salen de estaciones distantes y que irremediablemente van a chocar. Imaginaos que os digo que basta con que os toquéis la punta de la nariz. O que hagáis el pino puente. O que ejecutéis
John Allen Paulos es mi divulgador de matemáticas favorito. A lo largo de los años, me ha enseñado a usar las matemáticas en la vida cotidiana: leer las noticias y averiguar cuáles son falsas o están amplificadas, calcular riesgos, poner las cosas en perspectiva, entender que el anumerismo es un problema galopante, etc. Y además es divertido, el tipo es divertido.
Pasiones, piojos, dioses… y matemáticas y un ensayo sobre matemáticas, como puede intuirse por su título. Pero es mucho más. Casi podría catalogar de novela esta obra de Antonio J. Durán. O mejor dicho, un extenso diálogo entre el autor y una hipotética lectora.
A todos nosotros nos suena el número Pi. Incluso somos capaces de enumerar alguno de sus decimales de memoria. Sin embargo, mucho menos conocido en el número Phi, aunque sea mucho más fascinante que Pi por muchos y variados motivos.
Si acudimos a un puesto de lotería no nos costará escuchar la misma cantinela: ¿tienes uno que termine en 7? También los hay que siempre apuestan al mismo número. Está lo de la niña bonita, el 15. Otros que arman un número uniendo la fecha de nacimiento de sus seres queridos o cosas aún más intrincadas. Incluso me consta que algunas personas llevan a cabo rituales todavía más estrambóticos, como escribir los números en papelitos sueltos, esparcirlos por el suelo y dejar que su gato toque los números afortunados.
