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Marvin Harris

[Libros que nos inspiran] 'Bueno para comer' de Marvin Harris: los enigmas de la alimentación y la cultura

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De nuevo un libro de Marvin Harris, que se suma al espectacular Vacas, cerdos, guerras y brujas. En este caso, Bueno para comer, que como bien indica su título, trata sobre todas las dimensiones culturales de la comida.

Sin duda un libro para aclarar muchas ideas erróneas acerca de la alimentación, como El mito de que la leche es mala para la salud (I) y (y II). E incluso aclarar algunas ideas racistas con artículos como Esas anómalas personas de cara blanca llamadas europeos (I) y (y II). Ideal para soltárselo a bocajarro a cualquiera que me venga con lo de la supremacía de la raza blanca y la túnica del Ku Kux Klan.

Dicho lo cual, este libro podría infartar a cualquier lector que tenga una concepción jerárquica de la cultura y de las costumbres y estilos de vida allende los mares. El que sienta cierto interés por huir del provincianismo que le ha tocado en gracia a fin de ver el percal con cierta perspectiva, entonces debe zambullirse a pulmón libre en Bueno para comer, del antropólogo más popular del mundo: Marvin Harris.

¿Por qué tenemos ansia de carne? ¿Por qué hay culturas que adoran algunos tipos de carne y desdeñan otras? ¿La leche es beneficiosa o los intolerantes a la lactosa y las culturas asiáticas, que la abominan, demuestran que no? ¿Por qué existen vacas sagradas hindúes en un país que se muere de hambre? ¿Por qué el cerdo resulta repugnante para algunos? ¿Por qué no somos capaces de comernos a los perros como hacen los chinos? ¿No es contradictorio consumir langosta o gambas y no gusanos o cucarachas? ¿Cuánto hay de cierto en la antropofagia?

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[Libros que nos inspiran] 'Vacas, cerdos, guerras y brujas' de Marvin Harris

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Lo que hace este libro es, fundamentalmente, ampliar tu perspectiva. Una persona con mirada rectilínea se reconoce enseguida: es la primera en decir que vivimos tiempos convulsos, que los valores se están perdiendo, que la gente es más violenta que antes, que somos muy materialistas y consumistas, que se ha perdido el romanticismo, que el sexo lo domina todo, etc.

Esa clase de personas parece no ver más allá del barrio donde viven. Como máximo consiguen ampliar su mirada al país donde viven, a los países vecinos. Pero no saben o no quieren ampliar su mirada hacia atrás en el tiempo, ni mucho menos hacia todos los puntos del planeta.

Por eso son tan importantes libros como éste. Porque rompen las barreras catequísticas de la mente, y porque te permite analizar los problemas con perspectiva.

Vacas, cerdos, guerras y brujas es un amenísimo estudio antropológico y científico que aspira a una mejor comprensión de las causas de los estilos de vida. Sobre todo de los estilos de vida aparentemente irracionales e inexplicables. Y Marvin Harris aborda esta misión con cautela y erudición, habitualmente derribando verdades que creíamos incontrovertibles, incluso desmitificando muchos estudios antropológicos de campo por su falta de objetividad científica.

Algunas de estas costumbres enigmáticas aparecen entre pueblos sin escritura o “primitivos”. Por ejemplo, los jactanciosos jefes amerindios que queman sus bienes para mostrar cuán ricos son. Este capítulo resulta el más divertido y también uno de los más enjundiosos, pues Harris demuestra que los pueblos tribales, apegados a la naturaleza y al espíritu, son tan o más materialistas y consumistas que los habitantes del primer mundo.

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Mujeres con el poder de hombres (y II)

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En el artículo anterior, viajábamos a los fascinantes pueblos en los que las mujeres tenían una importancia tan o más elevada que el hombre en muchos aspectos. Pero ¿a qué se deben estas especiales situaciones? ¿Por qué hay culturas más machistas que otras?

Un factor importante es el procedimiento empleado para controlar las fuerzas bélicas y los sistemas de producción de la sociedad.

En una sociedad donde la musculatura y la altura, a causa de la tecnología, ya no son imprescindibles para la guerra ni para la producción material, ambos sexos están capacitados idénticamente para desempeñar funciones militares y productivas de importancia vital. Cuando esto sucede, el estatus femenino aumenta hasta alcanzar el estatus masculino.

Mayormente hay diferencia entre sexos si existen aspectos esenciales de la producción o de la actividad bélica que los varones realicen con más eficacia que las hembras. Marvin Harris ahonda en esto:

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Mujeres con el poder de hombres (I)

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En esta serie mensual de artículos orientados a profundizar en las diferencias biológicas y psicológicas ligadas al sexo, ha habido una constante en vuestros comentarios: ¿las mujeres lo harían mejor que los hombres si tuvieran la vara de mando? ¿Cometerían los mismos errores? ¿Son por naturaleza más apaciguadoras, dialogantes y menos violentas? ¿Cuáles son los motivos que favorecen los matriarcados y los que favorecen los patriarcados?

No es necesario imaginar un escenario utópico para plantear estas suposiciones. Esos escenarios existen y han sido estudiados por los antropólogos. Lugares en los que las mujeres mandaban.

En las sociedades yoruba, ibo, igbo y dahomey, las mujeres eran propietarias de tierras y cultivaban sus propios productos. Las mujeres dominaban los mercados locales y podían acumular una riqueza importante. Explica Marvin Harris:

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La longevidad femenina: ¿El machismo influye? (y II)

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En el artículo anterior descartábamos los cromosomas X e Y como consecuencia de la mayor longevidad de las mujeres respecto a los hombres, así como el hecho de que el sexo masculino tenga más tamaño y que ello produzca más complicaciones en el parto.

Otra alternativa podrían ser los diferentes niveles de estrógenos y testosterona del macho y la hembra.

Es cierto que la hormona sexual femenina, el estrógeno, brinda protección frente al peligro de ataques cardíacos al reducir el nivel de grasas de baja densidad y de colesterol en la sangre. Los andrógenos como la testosterona, sin embargo, provocan el efecto contrario.

Pero también es cierto que los estrógenos favorecen el cáncer de mama, la forma de cáncer mortal más común entre las mujeres estadounidenses y de otras sociedades industriales. Por otro lado, son los alimentos ricos en colesterol los mayores responsables del exceso de colesterol y no los andrógenos.

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¿Qué diferencias hay entre hombres y mujeres? (y III)

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¿Quiénes son los ¡kung? Richard Lee, autor de The !Kung San: Men, Women, and Work in a Foraging Society y que convivió con esta tribu durante años. Durante ese tiempo, Lee registró 34 peleas a mano limpia sin consecuencias mortales entre los !kung.

En 14 de los casos fueron agresiones de hombres contra mujeres. Sólo 1 caso fue una agresión femenina hacia un hombre. Lee descubrió que antes de su trabajo de campo se habían producido unos 22 homicidios. Ninguno de los homicidas era mujer, pero sí dos de las víctimas.

¿Por qué son las mujeres en las sociedades cazadoras-recolectoras casi pero no del todo iguales a los hombres en los ámbitos de la autoridad política y la resolución de conflictos? Según Marvin Harris:

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¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas?

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A pesar de las apariencias, todas las lenguas y dialectos inventados por el ser humano disponen de una suerte de gramática universal y, también, de unos niveles de riqueza y complejidad parejos. O al menos las diferencias nada tienen que ver con el desarrollo de la sociedad en sí.

Lejos de tópicos como que el lenguaje barriobajero es menos denso que el lenguaje culto (si apartamos a un lado nuestros condicionantes estéticos, el dialecto de un negro del Bronx tiene tantos matices como el de un escritor pedante: consultad La tabula rasa de Steven Pinker para profundizar en los motivos), podemos afirmar a la luz de los descubrimientos antropológicos que las lenguas habladas por los pueblos “primitivos” contemporáneos son tan “civilizadas” como los nuestras.

La complejidad de las reglas gramaticales pude variar, sí, pero esta complejidad varía con independencia de los niveles de desarrollo político y tecnológico.

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Esas anómalas personas de cara blanca llamadas europeos (y II)

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Decíamos en la anterior parte de este post que por qué lo habitual era es que el ser humano tuviera tez morena y no tez blanca, dado que la tez blanca favorece la síntesis de vitamina D y la absorción de calcio. ¿No debería ser lo contrario?

Sería lo contrario si no existiera el cáncer. Porque es el cáncer de piel el responsable de que la piel blanca, a pesar de sus ventajas, sea algo anómalo. En el ser humano, la función principal de la melanina, responsable de la pigmentación cutánea, es la de proteger las capas exteriores de la piel de las radiaciones ultravioletas del sol.

El ser humano carece de la protección de pelo de la que disfrutan la mayoría de los mamíferos, de modo que su piel es su única coraza: una piel blanca absorbe más fácilmente la luz solar, nos expone a quemaduras, con sus ampollas, sarpullidos y consiguientes riesgos de infección, y produce cánceres de piel, incluido el melanoma maligno, una de las enfermedades más mortales que existen.

Por esa razón, la piel oscura se convirtió en algo así como las eternas gafas de sol de los Blues Brothers o Tom Cruise en Risky Business: algo de vital importancia. Sin la protección de la melanina, el ser humano no duraría mucho en la Tierra. Salvo si vive en una zona específica de la Tierra: en las latitudes superiores.

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No somos más consumistas, avariciosos y materialistas que nuestros ancestros (y II)

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Veíamos que, para demostrar su poder y avergonzar a sus rivales, los amerindios más poderosos de esta región se dedicaban a destruir alimentos, ropas y dinero, literalmente los despilfarraban, incluso llegando a prender fuego a su propia casa. Como si encarnaran al protagonista de esa mala comedia de los años 80 protagonizada por Richard Prior que, para obtener toda la herencia de un pariente lejano, debía primero gastar 1 millón de dólares en un tiempo récord: El gran despilfarro.

No son los únicos ejemplos de tribus ancestrales entregadas al despilfarro por el despilfarro. Entre los pueblos de Melanesia y Nueva Guinea también se daban casos de donaciones por partes de los Big Men (Grandes Hombres) en festines dionisíacos altamente competitivos.

Por ejemplo, entre el pueblo de habla kaoka de las Islas Salomón, se pueden organizar estas obscenas muestras de ostentación acumulando kilos y kilos de pescado seco, 5.000 tartas de ñame y coco, 19 cuencos de budín de ñame y 13 cerdos. El Big Men reparte a partes iguales todo lo obtenido entre las personas que le han ayudado a obtenerlo y él, simplemente, se queda con los restos, sobre todo los huesos y los alimentos más estropeados, como el mejor y más hospitalario de los anfitriones.

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No somos más consumistas, avariciosos y materialistas que nuestros ancestros (I)

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Se tiende a considerar que vivimos tiempos convulsos, crepusculares, en los que casi se oyen de lejos las trompetas del Apocalipsis. Y bueno, en cierta forma es así. Pero también es verdad que esa tendencia ha existido siempre, en todas las épocas de la historia: consultad las reflexiones de cualquier mente preclara de hace siglos y os dará la impresión de que está fiscalizando el siglo XXI, con telebasura incluida.

Siempre ha existido incultura, moda, vanidad, racismo, violencia, avaricia y otras lacras sociales. Incluso me atrevería a decir que, a grandes rasgos, todas esas lacras cada vez son menos serias: con nuestros altibajos, vamos a mejor. Por eso hay que echarse a reír y señalar algún libro de historia o antropología cada vez que alguien nos diga que antes se vivía mejor (en general, no en particular) o que vivimos hacinados en ciudades cada vez más inseguras, alienantes o… materialistas y consumistas.

Lo cierto es que en los idílicos bosques de Bambi hay tanta o más mezquindad, inseguridad y consumismo que en cualquier barrio del extrarradio de una gran ciudad. Pero hoy vamos a centrarnos sólo en una de estas facetas: el consumismo, y sus hermanos gemelos la avaricia y el materialismo.

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