Edward Glaeser es profesor de Economía en la Universidad de Harvard, donde también dirige el Taubman Center for State and Local Government y el Rappaport Institute for Greater Boston. Es senior fellow en el Manhattan Institute y colaborador de City Journal.
En este libro, El triunfo de las ciudades, propone una serie de ideas que raramente son alumbradas por nuestra intuición. Solo por ello, vale la pena echarles un vistazo. Pero ¿qué ideas son ésas?
La principal: que la ciudad es mejor que el campo, en prácticamente todos los aspectos. Y que la ciudad es la única forma que tiene el ser humano de sobrevivir a lo que le viene (superpoblación, desastre ambiental, etc.).
Por ello nos ha inspirado para escribir artículos como ¿Cómo debería ser el futuro? ¿Megaciudades futuristas o casitas en el campo como la de Heidi?, Haciendo el mapa de una enfermedad cuando ni siquiera sabes que la produce una bacteria o La paradoja de Jevons: a más eficiencia, más uso (no menos)
Por ejemplo: las ciudades permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria. En las ciudades, sin embargo, no existen los forasteros. Y de existir, confiamos en sus buenas intenciones so pena de que la ley caiga sobre ellos (o las miradas de los demás ciudadanos que viven a nuestro alrededor, encima, debajo, junto a nosotros.)
Los argumentos son muy sólidos, asombrosamente sólidos, similares a los esgrimidos como otros académicos como Matt Ridley, Steven Johnson o Joseph Heat. Además los expone con mucho dinamismo y, finalmente, te permite conocer ciudades, como Nueva York, desde otro punto de vista diferente: así que el libro también puede funcionar como libro de viajes.
No sé si os convencerán todos los argumentos presentados, pero sin duda os permitirán contemplar con cierta suspicacia algunas de las ideas contraculturales que suelen gestarse en Woodstock y sitios parecidos.

La ciencia es aburrida para una gran parte de la gente. Y una razón para ello quizá sea que los libros de ciencia del colegio son particularmente tediosos, monocromos, casi parecen estar empapados en formol. De hecho, cuando tengo insomnio, me abro un manual de ciencia en la mesita de noche y en pocos segundos ya estoy roncando.
A veces elevamos a la categoría de románticas una serie de situaciones que, tras ser analizadas con la lupa de la ciencia, acaban teniendo una naturaleza contradictoria o directamente abyecta. Uno de los mejores ejemplos es el olor de las bibliotecas que tanto parece inspirar a los literartos y a los amantes de las letras. En realidad, sentirse inspirado por ese olor es como sentirse inspirado por el olor a napalm cuando uno se define como discípulo de Gandhi.
He de admitir, para mi vergüenza y escarnio, que mi cerebro está lleno de spam. Sin caer en la falsa modestia, no es que yo sepa más cosas que el ciudadano medio sino que sé muchas cosas que la mayoría de la gente desconoce. El problema, como he dicho, es que muchas de estas cosas son conocimientos pueriles, banales, carentes de toda utilidad, puro spam.
Los fenómenos sociales son ciertamente complejos, a pesar de que los científicos sociales anhelen encontrar explicaciones simples, mecanismos que otorguen sentido al comportamiento de la gente, tanto a nivel individual como colectivo. Por ello, esta clase de libros son una especie de faros en la oscuridad: vemos una parte del escenario, pero ni siquiera atisbamos el teatro por entero.
Siendo sincero, y aun a riesgo de parecer sacrílego, he de reconocer que la lectura de muchos de los clásicos que la divulgación científica ha entronizado me han dejado más bien frío. Da la impresión que con las letras, cuanto más polvo acumulen, más valor se les debe otorgar; o al menos, mayor dosis de respeto y veneración. Simplemente por sus arrugas valetudinarias. Como si la cronología tuviera algo que ver con la ciencia, cuando más bien es al revés: los científicos del pasado tenían menos conocimientos que los científicos del presente.
Si echamos un vistazo a los