Me chiflan las “leyes” populares. Sobre todo las que se fraguan en una conversación de café, o incluso en una más beoda de bar. Son leyes, postulados y corolarios que dicen mucho sobre el mundo, con todas sus contradicciones. Pero también sobre nosotros mismos: sobre nuestras limitaciones intelectuales y cognitivas, mayormente.
Su veracidad, pues, está en entredicho. Pero no su poder a la hora de analizar desde un punto de vista antropológico, sociológico y hasta psicológico una sociedad dada.
La más conocida de esas leyes populares es indudablemente la Ley de Murphy. Es decir: Si algo puede salir mal, saldrá mal. Sin duda una ley pesimista que pone en evidencia la tendencia de nuestro cerebro a recordar infortunios (es decir, hechos poco corrientes), hasta el punto de convertirlos en hechos corrientes.
De esa tendencia también nace la creencia popular de que existen los gafes.
Es lo que los psicólogos llaman prejuicios cognitivos. Es decir, una distorsión cognitiva que afecta al modo en el que los humanos perciben la realidad. Un modelo de comportamiento o proceso mental beneficioso para el individuo desde el punto de vista evolutivo, pero todo un lastre a la hora de analizar objetivamente las cosas.
Pero, además de Murphy, hay otras muchas leyes/defectos de nuestro cerebro que, leídas de corrillo, no pueden evitar que sonriamos con complicidad:

