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Reconozco que, cuando escribo novelas o cuentos, tiendo a ser ampuloso; incluso rozo la pedantería y el esnobismo. Es un efecto secundario de cuando aspiraba a ser escritor: iba apuntando todas aquellas palabras que descubría y que, de algún modo, quería incorporar a mi vocabulario.
Eran palabras raras y pedantes, del tipo onicófago, acerico, pectiniforme, destazar, nictinastia, chirlo, tisuria, gnomon, apodíctico, termolábil, suberoso, entérico, nictémero, paniego, gruñidor, atrición, etc. Palabras que creía que le daban un aire más culto al texto y, por tanto, se me consideraría más fácilmente escritor.
Craso error. Y por varios motivos. El primero es que la literatura no debe de ser escribir de forma deliberadamente hermética (al menos no siempre). El segundo tiene que ver con una investigación que sugiere que las palabras cultas, propias de Góngora, no hacen necesariamente que nuestros lectores o interlocutores nos consideren más inteligentes.
El título del estudio es: Consecuencias del habla erudita empleada sin necesidad: problemas con el uso innecesario de palabras largas, llevada a cabo por Daniel Oppenheimer.
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