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Hoy vamos a hablar de inteligencia. Pero de la inteligencia emergente. También vamos a hablar del moho, el que estamos acostumbrados a ver en algún confín rural o suburbano del mundo. En la parte húmeda y por lo general fresca de un bosque en un día seco y soleado. En el abono del jardín, donde detectaremos una sustancia viscosa que recubre la superficie de un trozo de corteza en descomposición, por ejemplo. Es una masa de color anaranjado rojizo.
Es el moho del fango (Dictyostelium discoideum) es un organismo ameboideo que en agosto de 2000 fue entrenado por un científico japonés llamado Toshiyuki Nakagaki para encontrar el camino de salida más corta de un laberinto.
Pero ¿cómo se puede entrenar el moho del fango, en apariencia una masa sin nada parecido a inteligencia elevada, para subsanar un problema que quizá muchos de nosotros no seríamos capaces de resolver? La respuesta es la inteligencia emergente, la misma que guía a las colonias de hormigas o al crecimiento de las ciudades.
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