Como ya os señalaba en La inmoralidad de profesar una fe (I) y (yII), una persona que sostiene una fe irracional no sólo puede ser altamente perjudicial para sí mismo, sino también para los demás. La idea de respetar todas las creencias es una estupidez: si se respetaran todas las creencias, también debería respetarse el no respetar determinadas creencias. O incluso deberíamos respetar ideas como el nazismo.
Las ideas deben someterse a continuo escrutinio, y las ideas que no pueden ser sometidas a ese escrutinio (el cual incluye crítica, mofa, befa y todo lo demás), directamente deberían ser erradicadas de la sociedad. O pasan cosas como las que están pasando con el sarampión.
Bajo el lema de El niño es mío y si quiero lo mato; y si se lleva por delante a medio colegio, no es asunto mío, muchos padres no sólo se aferran a ideas basadas en la fe irracional o dogmática, no sólo pretenden que se les respete esa clase de fe, sino que incluso no tienen suficiente con contaminar el cerebro de los niños con las ideas: tampoco tienen ningún problema en contaminar su cuerpo.
Por ello el sarampión y la rubeola, que ya se consideraban enfermedades casi erradicadas, vuelven a estar en la picota. La enfermedad crece en España ayudada por grupos que no vacunan a sus hijos por ideología: los 1.300 casos de 2011 multiplican por cinco los de 2010. Los que se niegan a vacunar a sus hijos no son solo población marginal o intelectualmente pobre: también son familias bien formadas que secundan estilos de vida pretendidamente naturalistas y que rechazan los productos de la industria farmacéutica como gesto de militancia.

