Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect
La fe racional consiste en calificar como altamente probable la información que uno recibe. Por ejemplo, tengo una fe racional en que, al encender mi televisión, ésta no explotará, matándome en el acto.
Lo creo, tengo fe en ello, porque puedo leer cómo funciona exactamente un televisor, porque apenas hay casos sobre explosiones de electrodomésticos, y porque puedo acudir a fuentes abrumadoras de datos reportadas por científicos de talla. Por científicos de talla me refiero a los que recolectan y analizan datos, construyen modelos teóricos, interpretan los resultados y publican artículos para revistas profesionales; artículos revisados por otros expertos que, con frecuencia, incluyen a sus rivales.
Es decir, que no me refiero a muchos periodistas, invitados a tertulias mediáticas y polemizadotes de paneles de expertos que también se dedican a pronunciarse sobre todo tipo de asuntos. Me refiero a fuentes cualificadas. Tengo fe en ellas, sí, pero una fe racional, lógica, reflexiva y, sobre todo, flexible y deseosa de avanzar o retroceder.
La fe irracional, sin embargo, se nutre de fuentes menos confiables (o incluso de escasas fuentes, como libros antiguos o sagrados), y peor aún: de las experiencias concretas de uno mismo o de la gente que le rodea. Es decir: como yo nunca me he muerto al comer matarratas y ninguno de mis amigos lo ha hecho, doy por sentado que el matarratas no es malo para la salud. Y en ese punto me quedo. El resto de mi vida. Como mucho escucharé lo que tiene que decir Belén Esteban al respecto (perdón por el sarcasmo).
Leer más