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[Libros que nos inspiran] 'La brújula del placer' de David J. Linden

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Podemos afirmar categóricamente que hogaño sabemos mucho más acerca del placer que todos los intelectuales de antaño (o que los intelectuales que actualmente tienen voz pero que nunca se han molestado en profundizar en la neurociencia, que son mayoría).

Una prueba de ello es el libro presente: La brújula del placer, del profesor de Neurociencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins David J. Linden, una guía sucinta, sin grandes pretensiones, pero eficaz para no perdernos entre tanta palabrería altisonante sobre por qué nos gusta lo que nos gusta.

No en vano, el subtítulo del libro nos señala explícitamente lo que vamos a leer: Por qué los alimentos grasos, el orgasmo, el ejercicio, la marihuana, la generosidad, el alcohol, aprender y los juegos de azar nos sientan tan bien.

Y Linden responde a todo ello con lo último que sabemos sobre el cerebro, por esa razón nos ha inspirado para escribir artículos como: ¿Qué es lo que excita realmente a las mujeres? o Animales embriagados: los animales también usan las drogas.

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¿Por qué hay alimentos que gustan a unos y a otros no?

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Según el científico Russell Keast de la escuela del área de Ciencias del Ejercicio y Nutrición en la Universidad de Deakin, los sabores de los distintos alimentos depende en gran medida del número y tipo de receptores del gusto con el que nacemos.

Estos receptores del gusto se agrupan en las papilas gustativas de la lengua y reaccionan de forma que reconoce los alimentos salados, dulces, agrios o amargos.

Hay personas que tienen más receptores de sustancias químicas presentes en los alimentos, por esa razón los perciben como más intensos.

De esta manera, la amargura que algunas personas experimentan al comer brócoli se relaciona con un receptor particular y se vincula con otro producto químico que se usa a menudo en la investigación llamado N-6-tropyluracil.

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¿Este vino es mejor porque tiene un precio más alto? Las cosas nos gustan porque valen caras, no porque sean mejores

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vino.jpgUno de los eventos sociológicos a los que asisto con mayor curiosidad son las cenas familiares (sobre todo las que se celebran cualquier cosa). Una cena familiar es la metonimia de la dinámica social. Y, por tanto, también hay mucha impostura. También con el vino. En toda familia siempre hay el típico miembro que destaca por descorchar una botella de vino que su paladar de enólogo garantiza que nos fascinará.

Y claro, si alguno hace el amago de echarle gaseosa, no tardará en vociferar “vade retro, Satanás”, un vino como éste no puede malograrse con gaseosa, ignorante, provinciano, tuercebotas, bruto.

Pero ¿qué pasaría si la mayoría de la gente, en realidad, no captara el sabor del vino por el sabor del vino en sí sino por un efecto inconsciente que es su precio en el mercado? Entonces el vino sería como una prenda de un modisto italiano muy célebre en el papel cuché que vende 100 veces más cara su ropa aunque su ropa no es 100 veces mejor. El vino sería sólo moda, distinción e impostura.

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Si el nombre de alguien se parece al nuestro, nos gustará más

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Las personas nos gustan más si se parecen a nosotros. Y no sólo en aspectos como la forma de hablar, la semejanza en la ropa, la edad, la religión, la política, la forma de comer o el lenguaje corporal. También influye su nombre.

Al menos es lo que sugiere el investigador Randy Garner, de la Sam Houston State University, que envió encuestas por correo modificando la información de la primera página para asegurarse de que el nombre propio del destinatario coincidiera o no con el nombre del propio experimentador.

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El nacimiento del sabor y el miedo a los sabores nuevos

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El sabor es más importante de lo que parece. Nos sirve para detectar cuándo un alimento está en mal estado, pero también qué alimentos nos convienen más a nivel nutritivo.

Por esa razón nos pirramos por los dulces y las grasas a pesar de que la obesidad sea la pandemia del siglo XXI: porque en el momento en que se forjaron nuestras preferencias gustativas, la carencia de alimentos hacía importantes los alimentos dulces y grasos frente a los demás, porque nos proporcionaban más calorías para sobrevivir.

Los antepasados que no sentían esa preferencia por el dulce y se contentaban con, no sé, consumir verdura, tenían más probabilidades de palmarla y, por tanto, no acababan reproduciéndose y transmitiendo genéticamente sus preferencias.

Otro rasgo que ha perdurado desde tiempos inmemoriales ha sido la neofobia. Es decir, el evitar gustos nuevos. Esto se produce exclusivamente en los niños: una vez cumplen 2 o 3 años de edad entonces evitan cualquier gusto nuevo. Definido por el psicólogo estadounidense William James (1842-1910), este trastorno se caracteriza por “una tendencia a rechazar cualquier cosa nueva, un miedo anormal y persistente hacia casi cualquier novedad”.

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