Podemos afirmar categóricamente que hogaño sabemos mucho más acerca del placer que todos los intelectuales de antaño (o que los intelectuales que actualmente tienen voz pero que nunca se han molestado en profundizar en la neurociencia, que son mayoría).
Una prueba de ello es el libro presente: La brújula del placer, del profesor de Neurociencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins David J. Linden, una guía sucinta, sin grandes pretensiones, pero eficaz para no perdernos entre tanta palabrería altisonante sobre por qué nos gusta lo que nos gusta.
No en vano, el subtítulo del libro nos señala explícitamente lo que vamos a leer: Por qué los alimentos grasos, el orgasmo, el ejercicio, la marihuana, la generosidad, el alcohol, aprender y los juegos de azar nos sientan tan bien.
Y Linden responde a todo ello con lo último que sabemos sobre el cerebro, por esa razón nos ha inspirado para escribir artículos como: ¿Qué es lo que excita realmente a las mujeres? o Animales embriagados: los animales también usan las drogas.


Uno de los eventos sociológicos a los que asisto con mayor curiosidad son las cenas familiares (sobre todo las que se celebran cualquier cosa). Una cena familiar es la metonimia de la dinámica social. Y, por tanto, también hay mucha impostura. También con el vino. En toda familia siempre hay el típico miembro que destaca por descorchar una botella de vino que su paladar de enólogo garantiza que nos fascinará.
El sabor es más importante de lo que parece. Nos sirve para detectar cuándo un alimento está en mal estado, pero también qué alimentos nos convienen más a nivel nutritivo.