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Una de las cosas curiosas que el conocimiento científico ofrece a nuestra visión del mundo es que nos obliga a repasar de nuevo nuestras ideas más arraigadas, heredadas de generación tras generación, consideradas incluso intocables. Sobre todo si uno quiere seguir preceptos religiosos o mágicos.
Leí una vez el caso de una mujer que se declaraba abstemia contumaz. Al igual que en ciertas religiones no se permite la ingestión de determinada carne (como si los componentes de dicha carne fueran en efecto diferentes sustancialmente a las de otras carnes), esta mujer se negaba a que el alcohol corriera por su sangre. Ni una pizca. Si al respirar se cuela un átomo de determinada carne o de alcohol por tus fosas nasales, ¿has incumplido alguna norma? Los Gremlins no podían comer nada pasadas las 12 de la noche, pero si se muerden un pellejo de la piel, ¿entonces ya lo han hecho? Así son las cosas en realidad. Complicadas. Nunca sencillas como en los cuentos.
Desde su punto de vista acientífico e incluso acrítico, creía que para cumplir tal precepto sólo debía de abstenerse de beber un tetrabrick de Don Simón. O algo así. La infeliz no sabía que el alcohol no era una sustancia cuasi mística que se embotellaba con marcas impías sino que era un compuesto químico que podía encontrarse en diversas formas en lo que comía.
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