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Si nos sentamos en una mesa con una bolsa bien surtida de letras del Scrabble y vamos sacándolas al azar, difícilmente conseguiremos armar una nueva teoría científica o un postulado matemático que valga la pena. La ciencia no discurre bajo los parámetros del azar (aunque el germen de muchos descubrimientos científicos sea la pura serendipia).
Pero sucede algo muy diferente con las novelas, las poesías, los cuentos, los aforismos, los tweets e incluso con las ideas filosóficas más abstrusas. Todas estas construcciones se nutren precisamente de cierto componente aleatorio. La belleza, muchas veces, surge del sinsentido y de la verborrea. La falta de claridad y la ambigüedad son intrínsecamente interesantes porque nos permiten extraer significados varios, discutirlos hasta el infinito e incluso hacer lo que yo llamo onanismo mental.
Hay autores que tienen un don especial para crear esta clase de construcciones tan sugerentes, pero sus fundamentos, como caóticos que son, pueden ser fácilmente “simulables“ de diversas maneras. Por ejemplo, mediante programas de ordenador.
Es el caso de RACTER, un programa que escoge palabras sucesivas al azar de su diccionario. Si la palabra escogida se adecuaba gramaticalmente, RACTER la deja y pasa a la siguiente palabra de la oración. Pero si no se adecua, entonces RACTER elimina la palabra y busca otra. Esto se demostró de forma espectacular con la publicación en 1985 de una colección de poemas e historias cortas tituladas The Policeman´s Beard is Half Constructed. El libro recibió comentarios positivos en los periódicos de mayor tirada. Racter fue escrito por William Chamberlain y Thomas Etter.
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