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Evaluando el estado de ánimo del mundo a través de Twitter

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twitter.jpgUn estudio realizado por Scott A. Golder y Michael Macy, investigadores del departamento de sociología de la Universidad de Cornell, Nueva York (EE UU) y publicado en el último número de Science ha analizado el estado de ánimo del planeta a través de Twitter. Es decir, las emociones colectivas de una parte sustancial de la humanidad.

Gracias a Twitter, cada día más de 100 millones de usuarios envían más de 230 millones de tweets (mensajes de texto de hasta 140 caracteres de longitud). Un análisis psicolingüístico de estos mensajes permite determinar el estado de ánimo colectivo de cientos de millones de personas.

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¿Preferimos el dinero o la felicidad?

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Money
Si os dieran la opción de elegir entre aceptar un trabajo bien pagado con un razonable horario laboral o bien un trabajo muy bien remunerado pero con muchísimas más horas de trabajo, ¿qué aceptaríais? Según un nuevo estudio realizado por la Universidad de Cornell (New York), la mayoría de las personas optan por esta segunda opción.

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¿Los ricos son felices?

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504489dinero20en20mano.jpgSe dice que los ricos también lloran. Aunque nos parezca un pretexto para que no metamos demasiado las narices en las fortunas de los millonarios, diversos estudios apuntan a un hecho introvertible. Bueno, a dos.

El primero es que, superado cierto umbral de riqueza (la necesaria para tener cubiertas las necesidades mínimas), una mayor renta no influye en nuestro grado de felicidad (si acaso produce subidones de felicidad que no tardan en remitir, como se ha estudiado con varias personas que han ganado un premio de la lotería).

El otro hecho incontrovertible no es que nos produzca regocijo ganar más dinero per se. Lo que nos gusta de verdad es ganar más dinero que el vecino. Ante la posibilidad de ganar más dinero pero menos que nuestros amigos o colegas de profesión y la posibilidad de ganar menos dinero pero más que ellos, escogemos generalmente la segunda opción.

La capacidad de adaptación en una de las razones por las cuales el dinero importa mucho menos de lo que piensa la gente. Según la leyenda literaria, F. Scott Fitzgerald señaló una vez a Hemingway: “Los ricos no son como nosotros”. Hemingway le quitó hierro al asunto: “Ya, tienen más dinero”, con lo que daba a entender que la riqueza por sí sola no cambiaba mucho las cosas.

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Si estás de mal humor, toma el sol al menos media hora

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El sol es capaz de mejorar sustancialmente nuestro estado de ánimo, como si en los rayos solares viajara una pequeña dosis de Prozac. Algo que la sabiduría popular considera de perogrullo pero que la ciencia está confirmando.

La relación entre el sol y las emociones ha sido analizada por Matthew Keller y sus colegas del Virginia Institute for Psychiatric and Behavioral Genetics, cuyos resultados han sido publicados en Psychologic Sciencie del 2005 bajo el título de “A Warm Heart and Clear Head. Te contingent Effects of Weather on Mood and Cognition”.

El estudio sugiere que las personas tenían mejor humor y mejor memoria si el tiempo era caluroso, caracterizado por temperaturas y presión barométrica alta. Sin embargo, este efecto sólo se observaba si la persona había pasado más de 30 minutos en el exterior.

Si pasaba menos de media hora, entonces el humor no cambiaba.

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¿Qué deberíamos comprar para ser más felices?

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Todos tenemos un día tonto. Y ese día pensamos, va, me merezco un homenaje. Ese homenaje suele traducirse de diversas formas. Una cena especial. Un capricho gastronómico lleno de calorías. Una bañera llena de espuma. Onanismo. Esa clase de cosas.

Pero cada vez es más frecuente que el homenaje se traduzca en la compra de objetos: plantarnos en cualquier centro comercial hasta que salga humo de nuestra tarjeta de crédito.

Así que, una vez entrados en materia, ¿qué clase de cosas deberíamos adquirir para animarnos de verdad? ¿Tecnología? ¿Ropa? ¿Películas? Si lo que buscamos es, además de un chute de alegría, una sensación duradera de felicidad, entonces ninguno de esos objetos lo conseguirá, según resultados de investigaciones recientes.

El trabajo realizado por los psicólogos Leaf Van Boven y Thomas Gilovich examina si, para comprar la felicidad, es mejor gastar el dinero en productos (un vestido de última moda o un impresionante teléfono inteligente) o en experiencias (salir a comer, comprar una entrada para un concierto, reservar unas vacaciones.

En uno de tantos experimentos realizados al respecto, los investigadores dividieron a una serie de participantes en dos grupos. A los del primer grupo se les pidió que pensaran en un objeto que hubieran adquirido recientemente. A los del segundo grupo, que describieran una experiencia que hubieran comprado.

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Tener un hijo es como zamparse una chocolatina

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La reproducción humana es probablemente una de las necesidades biológicas más poderosas que existen: si no sintiéramos el impulso de reproducirnos, poco habría durado nuestra especie sobre la Tierra.

De modo que todos nosotros somos duchos a la hora de buscar pretextos para tener descendencia: porque es bonito, para afianzar nuestra relación con nuestra pareja, para darle sentido a la vida, para dejar una huella de nuestro paso por el mundo… y, por encima de todo, porque nos hace felices.

El problema es que nuestro cerebro no es muy hábil a la hora de calibrar cuán feliz nos hará una actividad. Por muy hedonistas que seamos, nos cuesta horrores determinar qué nos hará felices en el futuro.

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¿Los ricos son felices?

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dinero-y-negocio.jpgMe gustaría leer un libro en el que se investigara la vida de todas las personas que algún día se hicieron ricos de forma inesperada (con una lotería, una herencia o cualquier otro golpe de suerte fortuito). Bucear en sus biografías más íntimas a fin de clarificar de una vez por todas aquello de que “los ricos también lloran.

Hasta que alguien se anime a escribir un libro así, podemos recurrir a algunos datos para saber si realmente los ricos son felices. O, al menos, son más felices que los no ricos.

Diversas investigaciones han sugerido que el dinero no la felicidad (¿acaso hay algo que da LA felicidad?), sino subidones de euforia que duran poco tiempo: a la larga, quienes han ganado mucho dinero, acaban regresando al nivel de felicidad que ya tenían de partida (hasta cierto punto, la felicidad general viene impuesta por los genes).

Así pues, ¿no importa si tenemos dinero? Importa hasta cierto punto. Si la falta de dinero no nos permite alcanzar los niveles mínimos de supervivencia (alimentación, vivienda, etc.), entonces la falta de dinero nos hace infelices. Pero una vez tenemos determinada suma de dinero para sobrevivir y tener las necesidades básicas cubiertas, tener más dinero no incrementa nuestro grado de felicidad: una persona que gana 3.000 euros al mes es tan feliz, en principio, como una persona que gana 30.000 euros al mes.

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Los genes de la felicidad

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A pesar de que nadie discute la influencia del entorno, tiende a desdeñarse la importancia de los genes en aspectos de nuestra vida como la felicidad.

Hay diversos estudios en los que se relacionan felicidad y genes, donde se sugiere que los genes dictan el nivel de felicidad de nuestra vida. Gran parte de la búsqueda de la libertad, de sentirse libre, es conseguir ser feliz, completo; autoafirmarse. Pero si la felicidad ya está determinada de antemano por los genes, ¿qué sentido tiene el término libertad?

Uno de estos estudios, extraído de la Edición Especial de Mundo científico, número 194, octubre de 1998, pertenece a los dos genetistas norteamericanos, David Lykken y Auke Tellegen, de la Universidad de Minessota. Para evaluar la influencia de estos genes, los investigadores pidieron a 1.380 gemelos verdaderos y falsos que se calificaran en la escala de bienestar. Es decir, que se estimaran su nivel de felicidad a partir de una serie de afirmaciones del tipo: Tengo confianza en mi futuro o normalmente estoy muy entusiasmado.

La parte siguiente de este estudio consistía en comparar las respuestas de los dos grupos. Resultado: compartir los mismos genes apareció como el factor determinante. La correlación entre las respuestas llegaba a ser del 44 % en los verdaderos gemelos, mientras que no sobrepasaba el 8 % en los falsos gemelos.

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Para ser más feliz, rodéate de gente feliz

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Diversos experimentos han demostrado que las personas identifican con mayor facilidad y rapidez un rostro sonriente entre un conjunto de rostros tristes o apáticos. ¿Recuerdas los libros de Buscando a Wally? Probablemente lo encontrarías antes si Wally sonriera y la muchedumbre que lo rodea, no.

Así de atractivo es para nosotros un rostro alegre. Porque la alegría se transmite de rostro a rostro, modelando nuestro cerebro y produciéndonos bienestar inmediato, puramente químico.

Si estás triste o decaído, tal vez sirva el consumir un buen cubo de helado. O quizá ayude realizar un viaje de larga distancia. Tal vez sea necesario recurrir al Prozac, al Zoloft, al Xanax, al Ativan o a las sales de litio. Practicar algún deporte también ayuda. Sin embargo, no hay nada mejor que tener amigos optimistas y alegres para que nuestro cerebro refleje ese estado de ánimo, como un espejo perfectamente pulimentado.

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La paradoja de Stockdale: cuando el exceso de optimismo puede matarnos

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Se nos suele publicitar el optimismo como la panacea para todos nuestros males. Hay que ser optimistas, a toda costa. Afrontar los embates de la vida con optimismo, es lo apropiado. Se venden libros de autoayuda para, presuntamente, fortalecer nuestro optimismo. Incluso existe farmacopea que indirectamente favorece nuestro optimismo.

Pero el optimismo no siempre es bueno. Además de hacernos parecer demasiado ingenuos… en determinadas circunstancias, incluso puede matarnos, como demuestra la paradoja de Stockdale.

El nombre de la paradoja de Stockdale procede del almirante James Stockdale, el prisionero estadounidense de mayor rango de la guerra del Vietnam. Lo mantuvieron cautivo en el “Hanoi Hilton” y lo torturaron repetidamente durante 8 años. El concepto, finalmente, fue popularizado por el escritor Jim Collins en su libro Empresas que sobresalen.

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