Francis Galton era un tipo extraño. Extraño y rebelde. A pesar de que este científico victoriano fue un polímata, antropólogo, geógrafo, explorador, inventor, meteorólogo, estadístico y psicólogo, también llevó a cabo estudios verdaderamente estrambóticos.
Él determinó de forma objetiva cuándo eran aburridas las conferencias de sus colegas al medir subrepticiamente el nivel de impaciencia en sus audiencias, y creó un “mapa de la belleza” de Gran Bretaña caminando por las principales calles de las grandes ciudades con un contador en su bolsillo, registrando en secreto si las personas que pasaban a su lado eran guapas, medianamente bellas o feas (Londres fue catalogada como la mejor, Aberdeen, la peor).
Pero uno de los trabajos de Galton que más polémica causó fue el estudio de la eficacia de rezar a Dios. Dado que los miembros del clero, generalmente se entregarán con más frecuencia a las oraciones, según Galton bastaba con analizar si eso se correspondía con una expectativa de vida más prolongada.





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Los científicos no son orates de bata blanca con los cabellos disparados hacia todos los puntos cardinales del mundo. Aunque, a juzgar por la siguiente lista de experimentos crueles y sórdidos, tal vez haya unos cuántos que sí se ajusten al arquetipo.
¿Os acordáis de la Dharma, la compañía secreta de la serie televisiva Lost que experimenta con aspectos que escapan de la ciencia ortodoxa? ¿O Massive Dynamics, de la serie Fringe? ¿O Industrias Stark de Iron Man? Como de costumbre, la realidad supera la ficción, y en una zona de Bellevue, Washington, un suburbio de Seattle, se alza el que probablemente sea el laboratorio más alucinante del mundo: Intellectual Ventures (IV).