El biocombustible, a juicio de Matt Ridley, de la Universidad de Oxford, tiene más de flower que de power. Es decir, que parece más cool porque delante lleva el prefijo bio-, pero que es como bautizar a Terminator como bioterminator y así esperar que no venga del futuro a matar a John Connor.
O en palabras de Ridley:
Ni Jonathan Swift se hubiera atrevido a escribir una sátira en la que los políticos defendieran que (en un mundo en el que las especies están desapareciendo y mil millones de personas apenas tienen para comer) sería de algún modo beneficioso para el planeta derribar las selvas para producir aceite de palma, o ceder tierras de cultivo de alimentos para producir biocombustibles y elevar el precio de la comida para los pobres, simplemente para que las personas puedan quemar en sus automóviles combustible derivado de carbohidratos en lugar de hidrocarburos.
Éstas son las cifras: en 2005 se produjeron a nivel mundial aproximadamente 10 billones de toneladas de etanol. El 45 % de ellas procedían de caña de azúcar brasileña. Otro 45 % de maíz estadounidense. Si a esto sumamos mil millones de toneladas de biodiesel hecho de colza europea, el resultado es que aproximadamente el 5 % de las tierras de cultivo del planeta Tierra dejan de producir comida para producir combustible (el 20 % en EEUU).



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