A menudo se suele propagar la idea de que la mayoría de los científicos del mundo creen en Dios o se adscriben a alguna clase de religión. Dejando de lado que el concepto de Dios probablemente será distinto entre una persona formada en ciencia y cualquier ciudadano común, esta idea sólo pondría de manifiesto que los científicos también son seres humanos, con sus debilidades y miedos.
No obstante, la idea es falsa. Diversos estudios demuestran que los científicos, a medida que incrementan sus conocimientos y su excelencia, se apartan de las sendas más trilladas de la fe o directamente se adscriben al ateísmo (o a un deísmo inocuo o a un panespiritualismo incompatible con las religiones tradicionales, como señala el físico Alan Sokal).
Lo que sucede es que públicamente resulta controvertido declararse como ateo (en EEUU, sería impensable, por ejemplo, ateísmo y presidencia de la nación). De manera que los científicos que se ganan la vida con su imagen pública no suelen ser demasiado taxativos en sus opiniones. Pero en encuestas privadas, los datos apuntan algo muy distinto.

Charles Robert Darwin, Miembro de la Royal Society (12 de febrero de 1809 – 19 de abril de 1882) fue un naturalista inglés que revolucionó la biología al regresar de su periplo en HMS Beagle y escribir en 1859 El origen de las especies . Ahora nos encontramos en el bicentenario de Darwin. Darwin, junto a Newton, posiblemente sea el científico que más ha influido en el avance conceptual de la ciencia.