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El problema de intentar crear una lengua desde cero, de forma artificial, es que nuestro cerebro no funciona así. Un buen ejemplo de ello son las lenguas criollas. En esencia, el idioma criollo nace así: en una sociedad en la que deben interactuar personas que hablan idiomas muy distintos (por ejemplo, cuando llegan inmigrantes múltiples nacionalidades para incorporarse a un trabajo de minería que se alargará durante décadas), las personas crean una especie de lengua que es una mezcla de todas las lenguas.
Sin embargo, es una lengua caótica, llena de lagunas, redundante, sin gramática, simplificada. Al pasar los años, nacerán niños que deberán criarse en esa lengua descompuesta, pero el milagro sucede cuando esos niños dotarán de gramática el totum revolutum que les rodea, creando una lengua nueva, una lengua criolla.
Es decir, os hijos y los descendientes de los hablantes perfeccionarán este lenguaje reducido para transformarlo en una lengua más eficiente, en un proceso llamado nativización. Como si la lengua no pudiera ser creada desde fuera, sino que surgiera naturalmente de las mentes de los niños. Y es que, a tenor de los intentos de lenguas artificiales que os presentaré a continuación, las lenguas criollas parece ser más eficientes en realidad que las inventadas.
Tal vez uno de los esfuerzos más destacables lo realizó John Wilkins (1614-1672), que abordó la preocupación de Platón por la sistematización de las palabras. Por ejemplo, si todos son felinos y se parecen tanto entre sí, ¿por qué las palabras gato, tigre, león, leopardo, jaguar o pantera se parecen tan poco?
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