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Edward O. Wilson

El futuro de las enfermedades genéticas y del comportamiento (I)

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Alrededor de 1.200 trastornos físicos y psicológicos se han conectado con genes únicos. Alfabéticamente van desde el síndrome de Aarskog-Scott hasta el síndrome de Zellweger.

El resultado es el principio UGUE: Un gen, Una enfermedad (One Gene, One Disease).

Los investigadores y los médicos en ejercicio están especialmente contentos con los descubrimientos de UGUE, porque la mutación de un único gen posee invariablemente una rúbrica bioquímica que puede utilizarse para simplificar el diagnóstico. Puesto que la rúbrica es un defecto en algún lugar de la secuencia de acontecimientos moleculares que produce la transcripción del gen afectado, con frecuencia puede revelarse con una prueba bioquímica sencilla.

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La complejísima y fundamental proteína que se dobla de mil formas

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Cada uno de nuestros genes es una hebra de 2.000 a 3.000 pares de bases (letras genéticas). Entre los pares de bases que componen los genes activos, cada triplete (conjunto de tres) se traduce en un aminoácido.

Hasta aquí, todo parece sencillo. Pero la cosa se complica cuando los productos moleculares finales de los genes, tal como son traducidos hacia el exterior de la célula por decenas de reacciones químicas, son secuencias de aminoácidos plegados en moléculas gigantes de proteínas.

Existen alrededor de 100.000 tipos de proteínas en un animal vertebrado. Suponen la mitad del peso seco del animal.

Las proteínas dan forma al cuerpo, lo mantienen unido mediante tendones de colágeno, lo hacen moverse mediante músculos, catalizan todas las reacciones químicas que lo animan, transportan oxígeno a todas sus partes, arman el sistema inmune y transportan las señales mediante las cuales el cerebro examina el ambiente y media el comportamiento.

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Algunos prodigios tecnológicos de lo increíblemente pequeño

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Lo increíblemente pequeño pasa desapercibido para nuestros sentidos. Sin embargo, las cosas más pequeñas progresivamente irán surtiéndonos de cosas cada vez más grandes.

Los prodigios que nos reportará la nanotecnología, la fabricación de dispositivos compuestos por un número relativamente pequeño de moléculas, resultan propios de la ciencia ficción.

Los que ya hemos obtenido, también. Ahí van unos cuantos recientes:

-Bruce Lamartine y Roger Stutz, de Los Alamaos National Laboratory, grabaron agujas de acero inoxidable con haces iónicos. Así crearon las ROM´s (“memorias muertas”) de gran densidad, cuyas líneas se han cortado tan finas, hasta las 150 milmillonésimas de metro, que permiten el almacenamiento de 2 gigabytes de datos en una aguja de 25 milímetros de longitud y 1 milímetro de anchura.

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Ciencias naturales VS Ciencias sociales (y III)

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Ésta es la gran paradoja de las ciencias sociales: que son más difíciles pero parecen más fáciles que la física o la química. Como dice Edward O. Wilson, esta familiaridad confiere comodidad, y la comodidad engendra descuido y error.

La mayoría de personas cree saber cómo piensa, también como piensan los demás, e incluso cómo evolucionan las instituciones. Pero se equivocan. Su conocimiento se basa en la psicología popular o casera, la comprensión de la naturaleza humana mediante el sentido común (que Einstein definía como todo lo que se ha aprendido hasta los dieciocho años), atravesada por conceptos erróneos y sólo algo más avanzados que las ideas que emplearon ya los filósofos griegos.

Hasta los teóricos sociales avanzados enfocan sus estudios de esta forma, mediante la intuición o la intuición de los que le precedieron, pero ignorando soberanamente, casi con orgullo, los hallazgos de la psicología científica y de la biología.

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El efecto Westermarck: no te acuestes con tu familia (I)

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No importa que hablemos de seres humanos de distintas culturas, tampoco de primates sociales no humanos en los que se ha estudiado en profundidad el desarrollo sexual (como los titís y tamarinos de Sudamérica o los macacos asiáticos). El efecto Westermarck se produce en todos ellos.

Es decir, todos ellos rechazan a los individuos con los que estuvieron estrechamente asociados en las primeras etapas de la vida, sobre todo si se trata de padres o hermanos.

Este efecto fue descubierto primero en humanos por el antropólogo finés Edward A. Westermarck. Su primera referencia apareció en la obra de 1891 Historia del matrimonio. Desde entonces, multitud de pruebas experimentales han refrendado este efecto.

Uno de los más conocidos es el que realizó Arthur P. Wolf, de la Universidad de Stanford, en relación a los “matrimonios menores” de Taiwán. Los matrimonios menores son aquellos en los que niñas no emparentadas son adoptadas por familias, criadas con los hijos varones biológicos en una relación normal de hermano-hermana y después se casan con los hijos. De esta manera, las familias se aseguran que el hijo tendrá una pareja, dada la proporción sexual desequilibrada del país.

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