Por qué somos como somos no es el mejor libro de Eduardo Punset, sin embargo contiene algunos pasajes que resultarán interesantes, sobre todo para los seguidores de su programa de televisión Redes (sobre todo los de hace unos años, antes de que Punset estuviera en el candelero).
Es por ello, que el libro nos ha inspirado para escribir artículos como Recordamos a través de los olores o El gen de la mosca que nos hace dormir por la tarde.
Pero como dije, no estamos aquí ante el mejor Punset, que demostraba cierta capacidad lírica para explicar ciencia en su libro El viaje al amor. Aquí Punset se limita a transcribir lo que oye de otros científicos. Sensación que se agudiza al comprobar que la mayoría de los textos no son más que refundiciones de programas de Redes que intentan dar empaque al conjunto.
Por qué somos como somos es un libro convencional que intenta abarcar demasiado, tropezando así en ocasiones en una superficialidad que resultará tediosa para el avezado lector de divulgación científica.
Para el resto, para los que todavía se tragan El secreto de Rhonda Byrne o el fast food, átono y monjil, espiritual a lo teletubbie, de Pablo Cohelo, Por qué somos como somos se impone como lectura obligatoria, pues por primera vez descubrirán estos nuevos lectores que hay explicaciones a interrogantes que hasta hace poco parecían territorio exclusivo de filósofos, teólogos o místicos.

El archipiélago noruego de Svalbard, conocido por muchos como “la Perla del Ártico”, es un lugar remoto y extraño situado entre los 74º y los 80º Norte. Longyearbyen, su capital, es el sitio habitado más próximo al Polo Norte geográfico.
La cultura popular, tan machacona ella, nos ha hecho creer a menudo que los sabores son como el hilo de Ariadna que nos lleva a recuerdos de una forma que ningún otro sentido es capaz. Ahí tenemos el famoso inicio de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, cuya trama es desencadenada a través del sabor de una magdalena que le recuerda a las magdalenas que comía de pequeño.