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A pesar de que la teoría de la evolución de Darwin es una de las teorías más sólidas y coherentes de la historia de la ciencia, todavía existen muchos colectivos que se niegan a aceptarla como verdadera, amparándose en el creacionismo (los menos leídos) o en el diseño inteligente (los que han leído un poco más).
Este artículo está dirigido para los segundos (sospecho que los primeros requieren de una instrucción previa muy elaborada o sencillamente han dejado de escuchar los razonamientos externos a su propio cráneo).
El diseño inteligente funda su tesis en que el mundo en general y las formas de vida en particular poseen tal grado de complejidad que ello evidencia una clara intención o dirección de la naturaleza, así como un diseñador inteligente previo, un planificador (esta entidad debe de ser Dios, por supuesto).
Este argumento, llamado teleológico, se remonta a la antigua Grecia, pero su proponente más popular tal vez sea el teólogo inglés William Paley, que emplea la famosa analogía del relojero: imaginemos que paseamos por el bosque y encontramos un reloj tirado en el suelo. Así como es evidente que tamaña sutileza técnica como es un reloj posee un constructor y no ha sido creado por casualidad, lo mismo debe aplicarse a la abrumadora complejidad natural que nos rodea; por ejemplo, la de un ojo humano.
Irónicamente, esta analogía del reloj se remonta a Cicerón, en cuya época los relojes eran de sol y de agua.
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