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Charles Darwin tuvo que presentar una teoría que iba en contra de todo lo conocido, sin embargo, lo hizo de forma inmejorable. A pesar de las burlas y los levantamientos escépticos de cejas, Darwin supo gestionar muy bien su nueva idea revolucionaria, basculando entre el escepticismo y la credulidad.
Las ideas nuevas en ciencia, sobre todo si constituyen un cambio de paradigma, suelen tener difícil salida porque enseguida, ejércitos de escépticos, no tardarán en derribarla simplemente porque se aparta demasiado de lo conocido. Por el lado contrario están los crédulos, que son capaces de tragarse cualquier cosa sin un mínimo de espíritu crítico. Y eso tampoco es bueno, sobre todo cuando la idea presentada es errónea.
Pero Darwin consiguió moderar la actitud escéptica y crédula de la comunidad presentando su pensamiento bajo tres premisas que han sido identificadas por el historiador de la ciencia Frank Sulloway:
1. Respetaba la opinión de los demás, pero pretendía desafiar a la autoridad (comprendía la teoría de la creación especial pero la desbancó con su propia teoría de la selección natural.
2. Prestaba atención a las pruebas negativas. Incluso, en su libro El origen de las especies, incluyó un capítulo titulado “Dificultades de la teoría”. Es decir, que los escépticos poco podían criticar cuando el propio Darwin ya lo había hecho.
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